Vértices

Amanece un nuevo día en la ciudad:

A Sonia no le ha sonado el despertador y ha vuelto de su cita con Morfeo sobresaltada, cuando Ana, su compañera de trabajo, la ha llamado para preguntarle donde anda. En las noticias, lo mismo de siempre: crisis, conflictos y pocas novedades que inviten al optimismo.

Ha mirado como de costumbre al otro lado de su cama, el que sigue vacío desde que Oscar se fue. Aún hoy, casi dos años después, no hay día en que no se descubra pensando en él más de lo que debería. Quizás nuevamente coja el teléfono y escriba ese whatsapp que nunca envía, o quizás deje pasar el día como otro capítulo insustancial de su rutinaria vida.

Tras el sobresalto, toca levantarse deprisa, saltarse ese primer café del día que tanto le gusta y la conecta con el mundo y volar para la oficina, donde gracias a Ana, que la cubrirá, probablemente ese incidente no quede en nada.

Sonia ni lo sospecha, pero esa compañera de trabajo y amiga ante todo, desde hace unos meses está comenzando a notar unas extrañas cosquillas en el estómago cuando la vé, o cuando casualmente sus manos se tocan en el intercambio de algún documento en la rutina del trabajo.

Ana jamás dirá nada, en primer lugar porque nunca ha sentido algo así por otra mujer, porque teme al rechazo, no solo de Sonia sino de la gente de su entorno, del grupito con el que toma café los jueves tras el trabajo, de sus padres y su hermano y de la sociedad en general.

Raúl ya se encuentra en la oficina esa mañana cuando aparece Ana: alta, morena, con una sonrisa cautivadora y ese par de kilos de más contra los que lucha a diario aunque a él le parece que le sientan fenomenal.

Lleva algún tiempo intentando acercarse a ella, invitarla a un café o a cualquier espectáculo de danza de los que sabe que a ella tanto le gustan, pero le resulta imposible, cuando la tiene cerca, no sabe por donde empezar, las palabras se bloquean en su cerebro como el sistema operativo en un ordenador viejo…., y así siempre.

La mañana avanzará: Sonia llegará acelerada y se pondrá al día deprisa y corriendo con la ayuda de Ana, saldrán a las once a desayunar como de costumbre y cuando llegue la hora de almorzar, Sonia no recordará el incidente del fallo de la alarma.

Raúl las verá salir desde su mesa, no se terminará de decidir a preguntarles si van a desayunar, para después de la obvia respuesta, decirles que si les importa que las acompañe…, dejará pasar esa oportunidad, como otras tantas veces.

Y el día terminará, la semana continuará avanzando y los tres seguirán envueltos en la melancolía y en esa extraña sensación de opresión en el pecho, al notar que no tienen cerca a la persona a la que les gustaría tener.
Quizás alguno de ellos, en un momento de desinivición, como el provocado por el exceso de vino en una cena, decida romper con ese silencio y moverse de su vértice del triángulo, para equilibrar su vida o para despeñarla más aún en el abismo.

El tiempo dirá, lo único seguro es que aquel que decida a abandonar su vértice del triángulo, cuando el tiempo avance y esos días se perciban como algo lejano e inalcanzable, no tendrá remordimientos de conciencia por no haberlo intentado.

octubre 28, 2017

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