Recuerdos pretéritos, ilusiones futuras

Recuerdos pretéritos, ilusiones futuras

Hoy huele a lluvia, a tierra mojada, a tardes de brasero y chimenea encendida, hoy recuerdo mi infancia, recuerdo cuando mi madre volvía de su duro día trabajando en las aceitunas, con un olor en las manos a la goma de los guantes que se ponía para no dañárselas que a mí se me ha quedado grabado en el alma.
Recuerdo los abrazos y besos con que me recibía y la alegría que a mí me daba cuando, en días de lluvia como estos, ella se quedaba en casa.
Hoy huele a eso, a tiempos pretéritos e ilusiones futuras.
En aquellos días, me encantaba escuchar música en mi vieja cadena Sanyo, grabando cintas con canciones de la radio, haciendo recopilatorios con mis amigos del barrio, y ahorrando cada peseta para el sábado, ir a la plaza, al mercadillo, y comprar el éxito del momento en el puesto de cintas que había a la entrada.
Me acuerdo del cajón repleto de cassetes, no sé si habría cien, doscientas…, mil…, quien sabe. Mis amigos se sorprendían porque yo solamente tocándolas sabía qué cinta era una, qué canciones había en ella y su ubicación exacta en el cajón; creo que es la única vez en la que he sido ordenado en mi vida, cuando era pequeño.
El tiempo fue pasando y las cintas de música se transformaron en discos compactos, los que después se convirtieron en archivos que ocupaban la virtual memoria de un ordenador o cualquier dispositivo capaz de almacenar datos. La ventaja, que se podía llevar música a todas partes y en grandes cantidades, lo que con los walkman antiguos era inviable, el inconveniente, que el romanticismo de coger una cinta, ponerla en el cassete, oir el ruidito previo a la canción…, eso se ha perdido.
Sabéis algo, yo pensaba que ya no iba a volver a comprar una cinta de cassete en mi vida, pero no se puede decir de este agua no beberé, y gracias a la creatividad de una persona, he vuelto a adquirir una.
Allá por 2013, una fría tarde de diciembre, creo recordar que era el 29 pues fue el último domingo del año, una tarde fría como ésta, lluviosa como ésta y en la que me vinieron a la mente muchos recuerdos pretéritos como en ésta, navegaba por el océano en el que me pierdo a menudo, esto es, el Spotifi, y en una de sus paradas aleatorias, el capitán del barco cibernético que guiaba mi nave aquella gris tarde se detuvo en una canción.

Me encantó aquella canción, y me transmitió muchas sensaciones, acordes a los estados de ánimo por los que yo andaba pasando a finales del 2013, de los que si os parece, hablamos en otra ocasión.
Indagué en la discografía de Fran Fernández y adquirí en iTunes “afectos secundarios Vol. I” y “vorágine”, dos discos que os recomiendo.
En todo este tiempo, he de deciros que estas dos adquisiciones, se han convertido en parte de la banda sonora de mi 2014, canciones como conexión, aquí hay una canción, déjame caer, siervos del aire, vorágine…, le han dado a mi año ese halo de otoño optimista que yo andaba buscando y de su mano, en más de una ocasión, he salido de mis días más grises.
Hace algunos días, indagando en internet, leí que el último disco de este cantautor se editaba en un formato especial, un usb en forma de cassete, firmado y numerado, con toda la esencia de las cintas de antes y la calidad de sonido de los sistemas actuales.
Pronto lo tendré en mis manos, y aunque no lo escuche en mi vieja cadena sanyo, aunque no lo guarde en el cajón repleto de cintas, este álbum, quince años de viajes y canciones, me evocará aquellas tardes de lluvia, el olor que dejaba la chimenea recién encendida, el calor del brasero y sobre todo, las cosas que nunca se pierden, como el cariño a la música y a los besos y abrazos, como aquellos que me daba mi madre a la vuelta de su trabajo…

David Gámiz

noviembre 27, 2014

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