Suerte

El joven condujo su silla de ruedas motorizada por el recinto de la estación hasta llegar a la abarrotada cafetería. -Qué raro -se dijo-. Este sitio está siempre vacío, no sé que pasará hoy, a lo mejor hay un dos por uno en desayunos…
Se hizo sitio en la atestada barra y pidió un zumo de naranja y media tostada.
A su alrededor, un grupo de unas veinte personas, brindaban con copas de aguardiente y entonaban, en un idioma desconocido para él, una serie de animosas canciones que le recordaron a las que los inchas dedican a sus equipos de fútbol para animarlos en el estadio.
-¿Qué pasa hoy aquí? -Le preguntó al camarero mientras le servía la tostada-.
-Son los rumanos, van a coger el autobús hasta Montoro donde trabajarán en la campaña de la aceituna; por lo visto llevan viajando dos o tres días en autobús desde su país y celebran que ya están a punto de llegar a su destino. Me lo ha dicho aquel rubio que parece el cabecilla y que chapurrea algo de español.
-¡Qué palizón de viaje! -Fue lo único que se le ocurrió decir-.
-Sí, deben de estar hasta los huevos de autobús -repuso el camarero-. Aunque también me han dicho que este trabajo para ellos es una bendición, les pagarán 45 euros por jornada y aquí el rubio cuenta que en Rumanía necesitan una semana de trabajo para ganar ese dinero.
El joven se limitó a asentir y procedió con parsimonia a untar la mantequilla y la mermelada en el pan. Le gustaba el desayuno, era su momento favorito del día, el que se dedicaba única y exclusivamente a él, a sus reflexiones y a analizar lo que esperaba que le deparara el día en curso.
-Voy bien de tiempo -se dijo-. Falta una hora para que salga el bus. Si no pasa nada, a las doce y media llegaré a Málaga. Tengo que llamar a Paula para que me confirme si puede comer conmigo y escribirle a mi coordinador para que me envíe la documentación del caso de las cláusulas suelo de los de Cajasur…, a ver si me da tiempo de echarles un ojo antes de que por la tarde me reuna con el jefe… Joder, vaya diíta, espero que no se me pase nada, me tengo que comprar una agenda o poner una aplicación de esas en el móvil que te recuerda las cosas, porque creo que mi cabeza no da para más.
-Amigo, -oyó que le decían-.
Miró en todas direcciones y vio al rubio rumano que sostenía un billete de cinco euros en la mano derecha y lo miraba fijamente.
-Yo dar esto a usted.
-¿A mí? -Preguntó el joven extrañado-.
-Si, para usted, regalo mío…
El joven se sintió indignado durante unos segundos, pensó que su discapacidad había producido lástima en el extranjero por lo que había decidido darle ese dinero. -No lo puedo aceptar -pensó-. Yo supongo que a este hombre no le cabrá en la cabeza que alguien con alguna limitación pueda ganar más que él o tener una formación superior…
-Sí, por usted, no limosna, es regalo. En mi país decimos que si alguien tiene suerte y la comparte, la suerte se hace más grande…
El rumano dejó ante él el arrugado billete y se dirigió con los demás al andén desde el que salía su autobús.
El joven siguió desayunando hasta que algo llamó su atención: el camarero que antes había hablado con él discutía acaloradamente con un hombre de aspecto desmejorado, que vestía con algo que hubiera merecido más el calificativo de arapo que de ropa.
-Ya es la segunda vez que me lo haces -vociferaba el camarero-. Me pides el desayuno y cuando te lo zampas me dices que no tienes dinero. Ahora que la culpa es mía por gilipollas, por creerte cuando me dices que puedes pagar, pero ten claro que esta es la última vez, ¿me oyes? A partir de ahora, me pagas por adelantado o llamo a los de seguridad para que te pongan en la puta calle…
El joven tomó el billete que el rumano había dejado en la barra y se acercó a la escena. Sacó de su cartera otro billete de cinco euros y le entregó los dos al arapiento hombre que agachaba la cabeza ante la reprimenda del camarero.
-Tenga, -le dijo-. No considere esto como una limosna, es un regalo, alguien me ha dicho que si uno entiende que en estos momentos la suerte está de su lado y la comparte, esa suerte aumenta, así que págale a este hombre y cuando te vaya mejor, procura agradecerlo de alguna manera.
-Muchas gracias señor -dijo el hombre arapiento con un hilo de voz-. Seguiré su consejo.
El joven pagó su desayuno y se dirigió a la taquilla para comprar el billete que le llevaría a Málaga, a enfrentarse a un día lleno de duras reuniones y a intentar convencer a la chica de la que andaba colado que él era el candidato ideal para compartir su vida.
Como aún le sobraban unos veinte minutos, salió de la estación para dar una vuelta y comprar el periódico, así tendría algo con lo que distraerse en el viaje. Cuando regresó de su paseo, vio a una joven que pedía limosna mientras amamantaba a un niño en la puerta de la estación y al hombre arapiento, que al pasar ante ella, echaba en el bote en el que recogía las monedas un billete de cinco euros, al tiempo que le dirigía unas palabras y le lanzaba una amplia sonrisa.
David Gámiz

enero 10, 2017

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