Padre

Los veo en el parque, todos juegan ajenos a la amalgama de peligros que se esconden en las entrañas de esta o de cualquier otra ciudad. Ellas ríen divertidas, son las abnegadas madres que cuidan de una familia compuesta por varios hijos y un padre que nunca está, o bien está trabajando o en el bar con sus amigos…. Ellos golpean torpemente un balón, marcan goles a la vida ahora que todavía pueden y juegan su partido sin ser conscientes de que la parte dura del choque está aún por disputarse.

Tú no estás, vengo a diario con la esperanza de encontrarte, quisiera verte balanceándote en ese columpio por el que todos os peleáis y para el que hacéis interminables colas, que terminan con llantos y padres enfurruñados.

Jamás vendrás, bien que lo sé, pero el imaginarte corriendo con los demás, me hace sentir bien por unas horas y me quita de la cabeza los continuos problemas que hay que resolver en el despacho, para los que cada vez encuentro menos motivación.

Si cierro los ojos, incluso puedo verte: morena como tu madre, con la melenita corta, una camiseta de Peppa Pig y un pantalón de chándal rosa. Eres la líder del grupo, los demás niños participan de los juegos que tú inventas, ríen de tus ocurrencias y celebran cuando tú estás. Te invitan a sus cumpleaños, a los que acudes atabiada con uno de esos vestidos de princesa de Disney que ves en las películas infantiles. Al regreso, me pones al día de lo sucedido, igual me dices que tienes un novio o que la tarta de la madre de tu amiga no te ha gustado, me pides que te lleve al McDonald’s y te compre un Happy Meal del que te hace más ilusión el muñeco que la hamburguesa y finalmente, agotada por el día lleno de actividad, te quedas dormida mientras te leo un cuento.

Pero la realidad es bien distinta: tras un par de horas mirando a los niños que despreocupados idean todo tipo de travesuras propias de su corta edad, regreso al despacho. Marta me mira preocupada al entrar, es consciente de que algo me sucede pero no sabe como hacer para sonsacármelo; por otro lado, los beneficios de nuestra sociedad presentan una merma considerable en los últimos ejercicios, pensábamos que la crisis no iba a afectar a los abogados pero a todo cerdo le llega su San Martín y a nuestro pequeño bufete se le están acabando las reservas.

Una vez ante el ordenador y con la puerta cerrada con llave, abro el cajón. Quisiera dejar de hacerlo, encontrar la manera de no torturarme más por algo que sucedió y que ya no tiene remedio, quisiera pensar que todo fue una pesadilla, pero la carpeta marrón me sumerge en un baño de realidad negra y espesa. La factura no deja lugar a dudas, fueron 450 euros los que pagamos a aquella ginecóloga por terminar con todo una calurosa tarde de julio.

-No pasa na mi arma –le dijo al entrar-. Estás de seis semanas, te lo quitamos en veinte minutitos y aquí paz y después gloria. ¿Y tú porque lloras niño? ¡Anda, que sois muy jóvenes todavía! ¿Ya tendréis edad de traer críos al mundo! ¿Si yo volviera a vuestra edad, iba a casarse y a tener hijos Rita la cantaora!

Ella le pagó a la cirujana y yo me quedé en aquella sala de espera que olía a billetes manchados de sangre.

Allí fue cuando empecé a imaginarte, te vi al nacer, eras una niña sana, pesabas casi cuatro kilos y una abundante mata de pelo negro, dejaba entrever cuales serían tus rasgos en el futuro.

Ella salió al poco rato, me dio un beso y me dijo que le había costado mucho tomar aquella decisión. Lo que más me dolió fue verla sonreir, como aquel al que le quitan un enorme peso de sus espaldas.

-Bueno chiquilla, pues no te preocupes que ha salío to mu bien –nos dijo la ginecóloga al salir-. Te notarás molestias una semana aproximadamente, pero no le eches cuentas, si te duele mucho te tomas un ibuprofeno. En fin niña, un placer, aquí estamos pa lo que necesites….

Ella continuó con su rutina habitual, al día siguiente fue al trabajo como si nada hubiera ocurrido  y tres días después de la intervención, volvió a buscar mi compañía en su cama. Yo no fui capaz, ni aquella vez ni ninguna otra.

Ante tamaña desconsideración, pocas semanas después se buscó a otro que cumpliera con sus expectativas, quedándose ella con una nueva vida y yo con mis continuas visitas al parque.

Tras vaciarme de lágrimas, vuelvo a guardar todo en la carpeta y cierro el cajón con llave. Miro el reloj y son casi las ocho, tontamente se ha ido la tarde. Me despido de Marta y aduciendo un fuerte dolor de cabeza, me voy para casa. Mi socia me desea mejoría y me recuerda que mañana tenemos juicio a primera hora.

Vuelvo a pasar por el parque; podría no hacerlo, pero quiero cerciorarme una vez más de que no estás. A esas horas, apenas dos o tres niños apuran los últimos suspiros de la tarde. El corazón me da un vuelco cuando en el columpio de las discordias, creo verte.

Vistes la camiseta de Peppa y el chándal. Tarareas la canción del elefante y la tela de araña. Pareces feliz….

Han sido tantas las veces que he soñado con este momento que no sé como debo actuar. Un torrente de lágrimas lucha por derramarse en cascada mejillas abajo, pero las logro contener.

Me aproximo lentamente al columpio. Me recreo mirando tus acompasados movimientos y escuchando la melodía que sale de tus labios.

Finalmente me decido y me acerco a ti. Te sonrío… Tú me devuelves la sonrisa… Te abrazo con suavidad…. Tú dejas de cantar… Corro en dirección a casa, para darte todos los besos que te debo… Lo que no entiendo, es porqué lloras…

marzo 19, 2018

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