“Mis cuatro deseos”

"Mis cuatro deseos"

La mesa estaba servida como siempre, aunque algo no era igual. Los comensales eran los del año pasado, entristecidos todos por la ausencia de la abuela Charo, que se había ido al cielo poco antes de la navidad anterior, tiñendo de luto los corazones de todos.

Tomás no quiso ese año ni poner el árbol, no tenía demasiado interés en cualquier cosa que oliera a navidad, pero ahora, un año después, intentaron darle un halo de normalidad a una familia que en ocasiones se deshacía como el hielo en un café hirviendo.

A la derecha de Tomás, su hermana Patricia, que a sus recién cumplidos dieciséis, andaba con la cabeza en mil sitios y en ninguno. Frente a ellos, Salva y Pepa, quienes distaban mucho de ser aquellos adolescentes que hacía casi veinte años que se enamoraron y un par de ellos menos del día en que, accidentalmente, encargaron a la cigüeña la niña que resultó ser Patricia y por la que se casaron con la mayoría de edad recién estrenada.

En la tele daban uno de esos programas enlatados donde un grupo de famosos felicita las fiestas con pocas ganas y menos ilusión. Lo mejor del show era que Pepa y Patricia parecían distraídas e incluso rieron en alguna ocasión las ocurrencias de un presentador que imitaba a la perfección a los políticos de la escena nacional.

Tras los postres y siguiendo una de las tradiciones predilectas de aquella familia, todos cogieron un lápiz y un papel y comenzaron a escribir su carta a Papá Noel, para que aquella mágica noche, les hiciera realidad sus deseos.

Cuando todos comenzaron la tarea, Tomás echó una mirada de reojo a sus padres y a su hermana. Los tres se afanaban en una conversación interior con Santa Claus. Él, aquel año, no sabía ni cómo empezar su carta.

Como el mal estudiante que deja la preparación de un examen para el último día, decidió posponer su tarea unos minutos, tiempo que aprovecharía en comerse unos cuantos mazapanes, ahora que nadie le prestaba atención y en distraerse intentando adivinar que escribirían los demás.

-Patricia seguro que le pide a Papá Noel que Juanma le haga caso –pensó para sí-. Ella se piensa que yo, porque tengo nueve años, no me entero de las cosas pero claro que me entero y mejor que ella a veces. La he visto encerrarse en su cuarto muchas tardes y una vez, por cierto que por eso le tengo que pedir disculpas a Papá Noel, porque sé que no me porté bien, me colé en su habitación y leí su diario. Juanma no le hace caso, según mi hermana, porque es gordita y tiene la cara en ocasiones llena de pecas y porque no va a la discoteca hasta las tantas porque mamá no la deja. Pero mi hermana es que a veces no se explica bien, porque si le contara a Juanma que es la mejor hermana del mundo contando cuentos y haciendo figuras de plastilina, o que cuando hace tormenta, me deja esconderme en la cama con ella, seguro que cambiaría de opinión. Yo porque no me meto donde no me llaman como dice papi, que si no iba a hablar con el Juanma y decirle que lo importante no es la discoteca sino las cosquillas y mi hermana hace cosquillas como nadie, seguro que si se fijara en ella, le haría cosquillas en la barriga como a mí cuando juega conmigo a que ella es una enfermera y me tiene que operar.

Papá seguro que le dice a Santa Claus que le traiga un gps. Lo pienso porque todas las mañanas, sale de casa, se despide de mamá casi sin darse un beso y regresa a las tantas de la tarde con la misma cara que pongo yo cuando el Sebas me gana en el juego de fútbol de la consola. Entonces, habla con mi madre y la conversación siempre es la misma: “ya no sé dónde ir, en ningún lado necesitan un carpintero, ya hoy todo está mecanizado y el trabajo artesanal ha dejado de valorarse. Pero descuida, que algo encontraré”… Por eso lo del gps, para que le ayude a orientarse y no se pierda más, así volverá a casa antes para jugar conmigo y le dejará de preocupar tanto la carpintería.

No sé lo que pedirá mamá, pero yo si fuera ella pediría un libro de cuentos. Cuando yo era más pequeño, siempre tenía uno en la mesita de noche y me leía algo antes de quedarme dormido. Esas noches, sonreía muchísimo y a veces, cuando el príncipe y la princesa se casaban en el cuento, lloraba un poquito, aunque yo nunca le decía nada. Hace tiempo que no sonríe y más aún hace que no me lee cuentos. Ahora siempre me los lee Patricia, que los lee muy bien, pero no sonríe como mamá. Por eso, un libro nuevo le vendría bien, con cuentos que no nos supiéramos y que la hicieran sonreír otra vez. Si Santa Claus se lo trae, yo le diré que me los lea como antes y si ella sonríe, todos lo haremos, porque recuerdo que cuando antes estaba más feliz, papi y Patricia también lo estaban…

Tras el tercer mazapán y todo aquel sinfín de cavilaciones, cogió su lápiz y comenzó a escribir:

Querido Papá Noel:

Este año, he intentado portarme bien y ser bueno, he ido a la escuela sin protestar, bueno menos los días que he tenido que ir al médico, he hecho mis tareas y he sacado buenas notas. He ayudado a mi familia en lo que he podido y he rezado mis oraciones antes de dormir. Por eso, te quería pedir algo.

No quiero juguetes, tengo más de los que necesito e incluso desde que estuve en el hospital, me regalaron muchísimos. Lo que quiero es que mami y papi dejen de llorar a escondidas. Ellos se creen que no me doy cuenta, pero a veces los escucho hablarse al oído, poner cara triste y llorar, sobre todo mami, que se abraza a papá y llora muchísimo. Yo quisiera saber si es por algo que yo haya hecho, o si es por todo el tiempo que han pasado conmigo en el hospital o porque echan de menos a la abuela Charo, pero me gustaría que dejaran de llorar y cuchichear a escondidas. Yo creo que si me enviaras una medicina mágica de tu país que hiciera que no tuviera que ir más al hospital, mis padres dejarían de estar tristes, así que eso es lo que te pido. Prometo ser bueno siempre.

Muy lejos de allí, en el infinito polo norte, uno de los secretarios de papá Noel, llamó su atención.

-Oiga jefe, ¿tiene un segundo?

-¿Qué te pasa ahora Rodolfo? ¡No me dejas ni un segundo en paz!

-Verá, aquí nos ha llegado una carta muy extraña. Es de un niño de nueve años, pero…., verá, ¡no pide juguetes! Pide cosas que yo no sé como cumplir, por eso creo que usted…, debería ver esta carta.

-Trae aquí anda que le eche un vistazo.

Santa Claus leyó la carta y se dirigió a su empleado.

-Verás hijo, esta carta viene de muy lejos. El niño que la ha escrito ha estado muy enfermo, pero no le ha dado importancia. Si te fijas, habla de los sentimientos de los demás, que son los que, al fin y a la postre, le hacen sentirse bien. Cuando te lleguen cartas como esta, léelas con el corazón y concede los deseos sin miedo.

Mira, yo a esta familia les voy a conceder cuatro cosas:

Amor, sobre todo a Patricia, que anda tristecilla por el mal de amores, para que su autoestima y confianza aumenten y pierda el miedo a luchar por el chico al que quiere. Esperanza, sobre todo para Salva, pues hay muchos días en que está a punto de perderla cuando sale a buscar trabajo y no encuentra nada. Por eso se la envío, porque si sigue luchando, al final, hará realidad sus metas y porque en estos momentos, la esperanza será su mejor gps. Le voy a enviar una nube cargada de sonrisas a Pepa, pues ella no es consciente de que es el pilar de esa casa y si ella está bien, los demás, también lo están. Lo ha pasado mal, y aún teme que la maldita enfermedad de Tomás, vuelva, pero tiene que avanzar, por ella y por los suyos. A Tomás, le voy a enviar toda mi fe, para que se vea como la alegría de la casa y no como quien origina los llantos, para que vuelva a saltar por las camas, aunque su madre se enfade y para que nunca deje de creer en la Navidad y cada año la celebre, como si fuera la última.

Te envío esta felicitación, esperando que en estas navidades y en el 2018 que en breve comienza, tu vida se llene de todo cuanto Santa Claus concedió en la historia: amor, esperanza, sonrisas y fe.

Abraza, besa, ríe, llora, canta, sueña, come, bebe, salta, baila y sobre todo, da lo mejor de ti a los tuyos, siempre.

No olvides nunca vivir  esta Navidad como si fuera la última.

diciembre 16, 2017

  • Relato diferente, al menos, a los que acabo de leer en tu libro”Sé que vendrás esta noche”.
    La esencia,la que desprende, a pesar de ser tan diferente a los contenidos en tu primer libro, para mí es la misma, y eso es bueno, te define, no te pierde entre la masa.
    Son muchas más las cosas que me acercan a tu forma de hacer que la única tangible que nos diferencia.
    No tuve ocasión, tiempo, atrevimiento o paciencia dada la situación, de haber charlado un rato contigo. Otra vez será, pero no la misma.
    Ahora continuaré con tu segundo libro, el de “Alunizajes” a ver qué tal.
    ¡Ah! mi cuñada, irá la semana próxima a casa de tu madre y le dejará la foto que tus dos hermanos me pidieron os hiciera a los tres en Lozano Sidro, el día de la presentación de tu libro de poemas.
    Como ya tienes incluido en este comentario mi correo electrónico, si deseas comentarme algo personal fuera de los medios, pues lo puedes hacer.

    Un saludo.

    Antonio Rodríguez

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