La Sole. Relato

La Sole es una niña de mi clase. La Sole apenas habla con nadie, de vez en cuando la veo con un par de compañeras, tímidas como ella, de esas que se sientan en la primera fila y prestan atención a lo que explican los profesores en lugar de enviar whatsapp a sus amigos. La sole aveces se te queda mirando y cuando lo hace, parece como que el mundo se detiene, da la sensación de que te atrapa en una extraña burbuja, incómoda aveces, de la que yo al menos, no sé salir; en cambio, aveces la Sole te dedica unas miradas cargadas de un cariño tan especial, tan íntimo, como si pudiera y supiera en todo momento qué es lo que te pasa, qué te preocupa y la forma en la que puede ayudarte. A mí al menos, cuando me mira así, me gustaría que el tiempo se detuviera, que no hubiera nada que pudiera separarnos y que solo el negro de sus ojos fuera el guardián de los secretos que mi corazón esconde.
La Sole no está cuando la seño pasa lista, nunca dice “presente”, mas todos sabemos que ha venido a clase, porque podemos sentirla, cada uno de una forma diferente y la seño no le pone una cruz roja en el parte de faltas porque yo sé que ella también la siente, me lo dicen sus ojos, sus palabras cargadas de amor y miedo, sus gestos y su voz y estoy segura, que la Sole también se ha dado cuenta y es por esto, que jamás habla en clase, lo que seguro que le ha evitado que la seño la ponga mirando a la pared como le sucede a Raúl, que siempre arma jaleo mientras la seño explica geografía y habla de lejanos países.
Cuando Raúl está mirando a la pared, soportando las burlas de sus dos compañeros de pupitre, Félix, el niño alto y delgaducho que siempre anda metiéndose con las chicas y el otro, Armando, el que anda detrás de mi amiga Sofía, lo he visto hablar con Sole. En esos momentos, le cuenta que está harto de esos dos, que lo toman por tonto, que lo usan como divertimento en las clases y que no los manda a paseo porque teme que las represalias le cuesten un disgusto. La Sole lo escucha y no dice nada, pero Raúl sabe que lo entiende y esa sensación de saberse comprendido, hace que la hora que pasa de cara a la pared se vaya en un suspiro, pues la Sole le convence para que su mente abandone la clase y viaje por lugares remotos del planeta, más lejanos aún que los que la seño explica en la clase de geografía, donde lo mismo lucha con gigantes fornidos y malvados que tienen presa a una doncella preciosa a la que él rescata y convierte en su esposa, que se tumba a tomar el sol en una idílica playa de cualquier desierta isla, donde vé como el anochecer devora al día mientras él hace lo propio con un enorme paquete de patatas fritas.
La Sole no invita a otros niños a su casa, no sé si es porque hay algo allí que no quiere que veamos o por la timidez de la que antes hablaba, sin embargo, ella sí que se cuela en las casas de todos los de la clase, la hayamos o no la hayamos invitado. Mi amiga Marta, me contó en cierta ocasión que hubo una noche en la que sus padres discutieron por algún asunto de esos que solo los mayores entienden y que cuando su padre se fue de casa, dando un tremendo portazo, ella la pudo ver, abrazada a su madre, compartiendo con ella cada una de las lágrimas que derramaba. Mi amiga me dijo que cuando se acercó a preguntarle qué hacía allí, ya no estaba, se había esfumado como si se tratara de un fantasma de los que salen en las películas de miedo.
Esto me extrañó mucho cuando Marta me lo contó, incluso me asusté y no quise mirar a la Sole cuando se acercaba a mí, pero cuando se lo dije a Sofía, la niña de la que anda detrás el amigo de Raúl, me contó algo muy diferente. Ella me dijo que un día, su hermanito se puso muy enfermo y sus padres tuvieron que salir corriendo para el hospital. Ella tuvo mucho miedo, pues su casa era muy grande y pensaba que podía ser presa de fantasmas y monstruos de los que salen en las películas de miedo, pero cuando menos lo esperaba, en su sofá apareció la Sole, llenando la estancia de palabras tranquilizadoras y llevando a Sofía a un dulce sueño, en el que al despertar, comprobó con inmensa alegría que sus padres y su hermanito ya estaban en casa.
Cuando Sofía me contó todo esto, se me pasó un poco el miedo que le había cogido a la Sole y un día que andaba algo tristona en el recreo, porque había suspendido un examen de mates y no sabía como decírselo a mis padres, la vi acercarse a mí y sentarse a mi lado.
-No tienes porqué preocuparte Ana –me dijo-. Dirígete a tus padres con sinceridad, ellos te van a entender, tú eres una niña muy buena, apenas suspendes nada y nunca les das disgustos ni quebraderos de cabeza como tu hermano que siempre anda en líos. Habla con sinceridad a tus padres, diles la verdad, que te pusiste muy nerviosa, que estabas pensando en mil cosas a la vez y no te salió bien el ejercicio, pero que de los errores se aprende y que la próxima vez, pondrás los cinco sentidos en que salga bien. Ya me contarás lo que te han dicho, ahora tengo que irme. Por cierto, no me tengas miedo y si alguna vez me necesitas, ponte frente a un espejo y llámame por mi nombre, yo acudiré a ayudarte.
Desde ese día, cuando la necesito, suelo acudir a ella, para pedirle consejos, contarle mis cosas, hablarle de mis sueños y de mis desvelos, sincerarme con ella y ponerme en paz conmigo. Fijaos si nos hemos hecho amigas, que ya no la llamo la Sole, ya me he atrevido a llamarla por su nombre: Soledad.

David Gámiz

abril 7, 2015

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