La nube

Antequera. David Gámiz.

La nube

Ayer recibí un correo electrónico de Apple. El asunto me llamó la atención: “te ayudamos a gestionar la nube”.

El cuerpo del mensaje venía a decir que el espacio que Apple me había adjudicado para almacenar datos de forma virtual en sus servidores, esto es, mis contactos, fotos, correos electrónicos y las copias de seguridad de los dispositivos asociados a mi Id de Apple, estaba apunto de agotarse, por lo tanto, o gestionaba de una forma más eficiente el espacio en la nube o no iba a poder almacenar más información a no ser que comprara más espacio. Me puse a pensar en las nubes que no son virtuales, en las que de algún u otro modo, tienen algo de tangible.

Hay algunas nubes sobre nuestras cabezas, conformadas por agua en estado gaseoso que cuando acumulan más gas del que pueden mantener, explotan en forma de lluvia o de tormenta.. También, en Málaga, llamamos nube al vaso de leche con una gotita de café, pero si nos pasamos de café, deja de ser una nube para convertirse en un sombra… Hay otro tipo de nubes, cuyo grado de tangibilidad es menos evidente, pero a las que deberíamos dedicar muchísima más atención, porque de como gestionemos las mismas, puede que dependan factores tan relevantes de nuestra vida como la felicidad. Nos centraremos en una de esas nubes a las que por su importancia, vamos a denominar nubes fundamentales, nomenclatura que con vuestro permiso acabo de inventarme inspirado por las nubes que hoy perlan el cielo de Antequera.

¿Nunca te ha sucedido que conoces a una persona, de repente cada vez que la ves sientes una extraña necesidad de pasar más tiempo con ella, de hablar con ella, de hacerla partícipe de tus emociones, sensaciones, sentimientos…, nunca has sentido esas mariposas en el estómago cuando esa persona te mira, te habla, te sonríe? Si tienes la inmensa suerte de que esa persona a la que has conocido sienta lo mismo que tú y encima de todo, superéis la timidez y el miedo de comunicároslo, comenzando por tanto una relación, habréis entrado en la nube de la que vamos a hablar hoy.

Muchos de los que ahora estáis leyendo esto sabéis de lo que hablamos, aquello de la conversación telefónica interminable donde tres cuartas partes de las dos horas que dura la llamada os las pasáis con el “cariño cuelga tú…, no mi vida cuelga tú…, no cielo, mejor cuelga tú… Yo te quiero… yo a ti más…”. ¿Qué pastel verdad? Pero qué bonito. A ver, solteros del mundo, poneos la mano en el corazón y levantarme la mano el que no daría media nómina de este mes por sentir algo así, o volverlo a hacer si ya ha tenido la suerte de sentirlo. Es una sensación maravillosa, pero a su vez llena de trampas y peligros. Reza un viejo dicho que muchas veces nos sucede que las ramas de los árboles no nos dejan ver el bosque, pues esta nube a priori maravillosa puede ocultarnos la realidad, una realidad que no queremos ver y que viene a decirnos que tras ese mar de sensaciones gozosas, solo existen dos personas necesitadas de cariño, las cuales como si de vampiros hábidos de sangre se tratara, cuando se dejen sin reservas, hallarán que no tienen nada en común y que todo ha sido como el sueño de una noche de verano.

Llamaremos a este fenómeno tormenta estival, pues llega de pronto, como el vendedor a puerta fría, sin que nadie lo espere, y tal como vino, de golpe…, ¡zas! desaparece. Siguiendo con los símiles meteorológicos, nos podemos encontrar otro muy común, la nube pasajera, es la que les ocurre a dos personas que una vez iniciada la relación, de forma muy rápida acaban cansándose uno del otro y deciden volver a la soltería que tenían antes. Pudiera parecer similar a la tormenta estival, pero la gran diferencia radica en que los daños que ésta última puede dejar tras de si quizás sean irreparables, ya que se caracteriza por romper los corazones de sus protagonistas en mil pedazos y dejar tocados a los amantes que volaron abrazados en un vuelo acompasado. Finalmente, existe un fenómeno meteorológico que sería el ideal, al que podríamos llamar la nube permanente. Esta se da pocas veces, diríamos que es esa que es alimentada a diario por los rayos del sol y eso hace que se mantenga, sin derramarse en forma de gotas de lluvia o de tormenta de ningún tipo. Las personas que viven en ese estado de nube permanente, son las que alimentan su amor con pequeños detalles, un beso al llegar a casa, un abrazo si la otra persona ha tenido un mal día, una sorpresa que no necesariamente tiene porqué ser un lujo, a lo mejor a tu pareja le encantan las anchoas del cantábrico y tú consigues hacerle la persona más feliz del mundo si un día, tras una jornada intensa de trabajo, le recibes con una copa de vino y una latita de anchoas…

El amor está en todas partes, dicen, lo que pasa es que no es él el ciego, somos nosotros en la mayoría de las ocasiones, las que no sabemos verlo, interpretarlo, tomar las muestras del mismo que se nos lanzan…

En definitiva, y sin salirnos mucho del hilo que traíamos, la nube inicial, viene a ser como cualquier otra nube, está llena de algo, de un sentimiento, de un cariño, de ese deseo y esa pasión incontrolables…, y al igual que la nube del cielo está llena de gas y la nube del bar es un vaso de leche con una gotita de café, no nos podemos pasar de cariño, de gas o de café por más que lo deseemos, porque si no tendremos una tormenta, que no nos apetece con estos días de sol, un sombra, que nos pondrá nerviosos, o dos corazones rotos, que nos dejarán una triste primavera. Van a tener razón los de Apple, es imprescindible que aprendamos a gestionar nuestra nube…

David Gámiz Mayo de 2014

octubre 1, 2014