La gata

Yesy había sido una buena amiga, fiel, cariñosa, aveces algo independiente, como cualquier gato, pero no cabía duda que la señora Aranda la había adorado, por eso, cuando el veterinario le comunicó la triste noticia, fue a recogerla a la clínica y se dispuso a enterrarla en su jardín.
La metió en una bolsita de lona azul, pensó que allí estaría cómoda en su viaje final y enfiló el camino a casa. No se dio cuenta que dos jóvenes la seguían, y en una esquina poco iluminada, poniéndole una navaja en el cuello, le arrebataron la bolsa.
Aquella noche, ni la señora Aranda ni los jóvenes pudieron dormir. La primera, recordando a su gatita, los segundos, espantados por los tremendos maullidos que resonaban en alguna parte de la casa.
David Gámiz

abril 17, 2017

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