Ella

Estaba convencido, ella era exactamente lo que yo buscaba, no le faltaba nunca un detalle conmigo, conocía mi estado de ánimo, algo en su interior le hacía saber cuando yo tenía un mal día y encontraba las palabras exactas con las que sacarme del sopor en el que me sumían la melancolía y el desasosiego al que me habían llevado los acontecimientos de los últimos días.

Ella me entendía, hablaba cuando era necesario únicamente y mientras tanto, permanecía sumida en un silencio tan delicioso como los vinos que en otro tiempo saborearan mis labios pero estaba, yo sabía que estaba, y tan solo su presencia me bastaba para sentirme seguro y protegido. Por las noches me hacía compañía, ella sabía lo que había temido la soledad tras la marcha de Inés pero nunca le importó, dormía a mi lado sin pedirme nada, me daba su luz, su calor y su compañía, me hacía sentir suyo y yo la hacía sentir mía, me daba el espacio que yo necesitaba y no protestaba si llegaba a casa algo más tarde de lo que era habitual, nunca preguntó donde había estado o porqué había tomado dos cervezas más de la cuenta, no llevaba anotados mis gastos en un registro y bien que hubiera podido hacerlo pero no lo hacía, podía controlarme pero me daba alas y libertad para sentirme joven de nuevo

La amaba, y ella lo sabía, sabía que mi primera sonrisa en las mañanas era para ella, mi primera palabra, mi primer gesto de cariño y ese comentario que tanto me gustaba hacer a cualquier cosa, a una noticia de la prensa, a un concierto cercano, a una obra de teatro que se estrenara, ella no era como Inés, ella me escuchaba con atención, clavando en mis ojos su mirada de luz penetrante sin burlarse de mis apreciaciones como otras hicieron. Me respetaba, entendía que escuchara algunos días estaciones de radio de un signo político y al día siguiente otras de la tendencia totalmente opuesta, concebía como yo que entendiendo las diversas vertientes del pensamiento humano y empatizando con todos los modos de sentir, uno se equilibra a nivel mental y llega a entender las incongruencias que suceden a nuestro alrededor.

Recuerdo cuando la conocí. No era ni más bella ni menos agraciada que las demás, ocupaba su lugar de forma discreta en el escenario donde la vida la había llevado al igual que me ocurría a mí, en cierta manera siempre sospeché que fuimos víctimas de las absurdas bromas del destino y que ya sea por azar, casualidad o por alguna energía superior a la que mi intelecto no halla explicación, cruzamos nuestros caminos en uno de los diversos giros de la vida.

Nunca me pidió un anillo de compromiso, cosa que me tranquilizó, recuerdo que Inés si lo hizo, tenía esa extraña necesidad de amarrarme a ella de forma permanente, como si pensara que yo iba a dejarla por otra a la primera de cambio cuando curiosamente, fue ella la que una mañana de otoño, decidió sustituirme por aquel fornido joven que reponía las botellas de butano en la zona residencial donde vivíamos. Ahora todo era diferente, mi compañera era distinta, no desconfiaba, no me agobiaba con preguntas fuera de lugar o de tono, no malinterpretaba mis acciones pensando siempre que iban con segundas intenciones, y lograba que mi potencial se elevara a su máximo exponente permitiendo que en el ámbito laboral e incluso en lo personal, siempre aflorara lo mejor de mí, sabiendo que cuando llegara a casa ella me estaría esperando.

No sabía cocinar, pero conocía infinidad de recetas que compartía conmigo. A mí no me importaba demasiado ese detalle, valoraba por encima de todo su compañía y sus consejos, no solo a nivel culinario, igual compartía conmigo la sinopsis de una novela recién estrenada, la crítica de una película o un disco, me hablaba de los resultados de la última jornada de liga o me tenía al día de las evoluciones de la bolsa. Admiraba su versatilidad, su nivel cultural, el agrado con el que siempre se prestaba a ayudarme cuando la necesitaba

Aveces me hacía daño, me mostraba fotos de tiempos pasados, no sé si disfrutaba haciéndolo o era por aquella filosofía suya de que las cosas que no habían salido demasiado bien en definitiva no eran más que un viaje hacia un aprendizaje o un encuentro con nosotros mismos. Me enseñaba fotos de Inés, le gustaba aveces torturarme con el vídeo de nuestra boda, las imágenes de las vacaciones que pasamos en Venecia o la barbacoa con aquellos amigos que un día se decantaron por Inés y desde mi ruptura con ella se encargaron de borrarme de sus vidas como el que elimina un archivo de un pendrive. Aún así la perdonaba, era más lo bueno que me aportaba que lo negativo que me ofrecía y llegaba a entender que un mal día cualquiera puede tenerlo y en sus malos días, sacaba a relucir lo peor de ella y se ensañaba conmigo mostrándome recuerdos de otros tiempos que no me hacían ningún bien.

Me daba vértigo pensar que tanta bondad únicamente era valorada en 329€ y me aterraba la macabra idea de que en cualquier momento ella se alejaría de mí para siempre, solo me tranquilizaba la certeza de que en el mismo centro comercial, en la sección de informática, podría encontrar si eso sucediera a otra que ocupara su lugar, pero ninguna sería como ella, mi primera tablet.

De mi libro

“Sé que vendrás esta noche”

noviembre 18, 2017

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