El cliente

El cliente

Hay veces, en que sin ser conscientes de ello, originamos en nuestra
vida o en la de otros, cambios, que pueden ser irreversibles. Si no me
crees, lee esta historia, incluida en mi libro “Alunizajes”

Ana miró la pantalla. Tenía cinco llamadas en cola aparte de la que estaba atendiendo, un chico educado y aparentemente con algo más de paciencia que las personas que llamaban a atención al cliente de la operadora de telefonía para la que trabajaba.

-Y dígame, señor Martínez, ¿cuál es el motivo por el que desea dar de baja los productos que tiene contratados con nosotros?

-Pues mire, esa línea estaba a mi nombre pero la usaba otra persona y ya no le hace falta.

-Entiendo –dijo Ana-. Déjeme pasarle con el departamento de bajas.

El cliente se quedó escuchando una melodía cansina e insípida, aderezada con promociones de la operadora. Dejó pasar el tiempo pensando en cómo se habían desarrollado los acontecimientos en los últimos meses, todo había sido tan rápido, que en ocasiones se había visto obligado a actuar de determinadas formas o a tomar decisiones precipitadas debido a esa falta de tiempo para pensar en la mejor de las salidas para gestionar los cambios que se avecinaban; incluso se había cuestionado si todo lo que le estaba ocurriendo no sería culpa suya y asumir las consecuencias de sus actos sería la penitencia a pagar por sus excesos.

Todo comenzó para Alberto cuando le ofrecieron el puesto de gerente en la compañía para la que trabajaba. Lo aceptó sin dudarlo, era el empujón que siempre había anhelado para encauzar una vida laboral llena de éxitos. Pero con el paso de los meses, vio que la película que se había creado en su cabeza se encaminaba a un final trágico y no a uno feliz y acaramelado junto a su novia. Ella le recriminaba cada vez más que apenas pasaban tiempo juntos, ya que él se enfrascaba de una forma casi enfermiza en su trabajo y el poco tiempo libre que le quedaba lo usaba para descansar.

-Disculpe señor Martínez –dijo Ana-. Estoy intentando transferir su llamada al departamento de bajas, por favor no se retire.

El cliente no tuvo tiempo ni de dar las gracias, cuando iba a hacerlo volvió a encontrarse hablándole a las musiquitas y a las promociones comerciales. Volvió a sus pensamientos para evadirse de tan molesta compañía; recordó cuando Marga le ofreció la posibilidad de sacar un dinero extra, aunque para ello tuvieran que saltarse algunos de los procesos habituales en la normativa de su empresa. Se fió de ella, era una secretaria eficiente y de las pocas personas por las que habría puesto la mano en el fuego, pero se equivocó, y cuando presentó la cuenta de resultados de la compañía ante la junta directiva, fue la propia Marga la que destapó el desfalco, argumentando que el director general, en aras de comprobar la honorabilidad de la plantilla, le había obligado a tenderle aquella trampa.

El cliente fue despedido de forma fulminante, y todas sus expectativas  de prosperidad se quedaron en agua de borrajas. Cuando volvió a casa, pensando que lo único positivo de aquello sería el hecho de que podría pasar más tiempo con su novia, se encontró con una carta en la que ella le explicaba que no podía más, que se había cansado de aquella relación insustancial y que prefería a un hombre con menos recursos económicos pero más besos para darle. Le hacía entrever en su misiva que había conocido a alguien pero que antes de serle infiel, cosa que ocurriría irremediablemente, había decidido dejarlo, deseándole la mejor de las suertes.-Disculpe señor Martínez -dijo Ana sacando al cliente de sus cavilaciones-. No me es posible transferirle al departamento de bajas, por lo visto, tienen hoy más volumen de trabajo del habitual y me han pedido, si no le supone mucha molestia, que nos llame en unos minutos.

-NO me extraña que la gente se dé de baja con el servicio que prestan aquí, si quisiera contratar algo vería usted con qué ligereza se tomaban el asunto. En fin, después llamo, que tenga usted un buen día.

El cliente colgó de un golpe el auricular y se dispuso a prepararse un café. Cuando estaba poniendo la cápsula en su máquina, el teléfono sonó y vio que le llamaban de un número que no conocía.

-Buenas tardes –dijo una voz sintética-. Con el fin de mejorar nuestra atención al cliente, le pediríamos que valore de 0 a 10 las soluciones recibidas en su última llamada.

El cliente pulsó el 0 y colgó el teléfono.

Ana estaba a punto de irse cuando su supervisora la llamó al despacho. Se alarmó, porque no la solían llamar a última hora de la tarde y  temió que algo hubiera sucedido. Pensó en sus llamadas del día y se sintió frustrada, ya que no había podido atender de forma correcta a varios clientes, porque el departamento al que los transfería, le rechazaba las llamadas.

-Pasa Ana –le dijo su supervisora-. Verás, me da mucho apuro tener que decirte esto, pero hemos decidido prescindir de tus servicios como teleoperadora. No es nada personal Ana, tú sabes que yo te aprecio, pero la compañía tiene una norma básica y es que si en el posterior cuestionario telefónico que se les realiza a los clientes tras las llamadas, puntúan con el cero en más de diez ocasiones, la teleoperadora es despedida.

Ana sintió una tremenda impotencia, pues era consciente de que muchos clientes la habrían valorado mal por errores que en ningún caso se le podían achacar a ella, pero no dijo nada, se tragó su enfado y abandonó el despacho de la forma más digna que supo.

Se dio un baño de sales al llegar a casa, se tomó una tila y notó que sus músculos comenzaron a relajarse. Pensó en la posibilidad de buscar a un abogado para que aquellos sin vergüenzas no le hicieran lo mismo a otras chicas como ella, pero no le convenció del todo la idea, ya que probablemente no podría hacerse cargo de los honorarios del letrado.

Aún así, buscó en google información sobre abogados en su ciudad y dio con uno que comenzaba a ejercer la semana siguiente y que ofrecía tarifas realmente económicas.

Cenó algo de fruta y antes de acostarse, le envió un correo electrónico pidiéndole una cita al que iba a ser su nuevo abogado, el señor Alberto Martínez.

De mi libro “Alunizajes”

diciembre 9, 2017

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