No me lo digas

No, hoy no me digas te quiero, pues no voy a creerte;
no me lo repitas como un autómata cada vez que entras o sales de casa, cuando vas a hacer la compra
o a tirar la basura…, ni cuando estás a punto de cerrar los ojos para entregarle tu alma al sueño.
No me lo digas, porque ya no lo escucho,
de tantos te quiero vacíos, no encuentro la plenitud en tus palabras,
ni en tus actos tampoco, a veces pienso que mueves los labios
como empujada por un resorte, murmuras sin decir, hablas en silencio y dañas…,
no sabes cuanto dañas.
Sorpréndeme un día de estos, dime que me quieres pero sintiendo lo que dices,
creyendo lo que dices y estrechando mi maltrecho cuerpo en un abrazo,
de esos que alimentan más que cualquier alimento, de esos que erizan la piel y acarician por dentro.
A lo mejor te creo, si pones pasión en tus palabras, si eres capaz de transmitir con tu voz lo que el corazón siente,
un día lo hiciste y por eso, te entregué mi alma para que la moldearas con tus manos
y crearas algo bello, cálido, nuestro…
No me digas que me quieres a todas horas, pero dame razones para que crea que así es,
mándame cuando menos lo espere un par de caritas de esas del whatsapp, hazme saber que te gustaría que compartiéramos
una cena, una botella de vino, una visita a la cama sin que dormir sea el objetivo…
Dímelo, pero cuando no lo espere, al salir de la ducha, al recoger la cocina, en ese momento
en que tu corazón aritmético entiende que no hay que decirlo,
no te dejes llevar por las agujas del reloj, por los comentarios de la gente
ni por las dudas que sobrevuelan tu cabeza como pájaros de mal agüero
que graznan dentro de tu pecho esa frase maldita:
ahora no es el momento.
Sólo entonces, cuando venzas a esos fantasmas,
cuando te dé igual el lugar, la situación y los que en ese momento se hallen cerca de ti,
cuando no me digas un te quiero que parece programado por una aplicación de tu móvil que te recuerda que has de pronunciarlo,
cuando se te iluminen los ojos al decirlo,
entonces, solo entonces, te creeré.
David Gámiz

La espera

Lo comprendí; hoy he entendido la importancia de algunas cosas, me ha costado trabajo hacerlo, incluso dos o tres veces he saltado abismos en busca de las respuestas que buscaba, sin saber donde aterrizaría.
Ahora lo sé, he pasado tres cuartos de mi vida otorgando importancia a cosas que no la tienen, permaneciendo constantemente alerta, a la espera de una señal, una luz, un beso cierto…, y nada de eso se daba porque yo no creía que fuera a suceder.
Ahora lo entiendo, las cosas no llegan cuando uno quiere que lleguen, sino cuando es el momento de que sucedan, igual que les pasa a los niños, no comienzan a andar, a hablar o a jugar cuando los padres lo piden, sino cuando una luz se enciende dentro de ellos y los conecta al mundo.
Yo viví en una desconexión casi permanente, y como el joven al que la paga que le han dado sus padres no le permite comprar un capricho, yo estiraba mis ilusiones y las trataba de amoldar a las circunstancias deseadas, deformando la realidad en mis intentos.
Hoy lo sé, a mi cabeza ha llegado la revelación del secreto, no venía envuelta como si de un regalo caro se tratara; llegó en forma de idea, de certeza, de madurez.
Hace algunos meses, cuando volvía a Priego de Córdoba en Bla Bla Car, una de las chicas que compartía coche conmigo, me contó algo que le había ocurrido.
“-Yo siempre quería tenerlo todo bajo control -decía-. Quería saber donde estaba mi marido, con quién salía mi hija, de qué hablaban mis compañeras de trabajo…, y cuando no tenía la certeza de conocer con seguridad alguno de estos aspectos, me sentía mal conmigo misma, pensaba que no estaba siendo una buena madre, una buena esposa o una buena compañera de trabajo.
El día de mi 45 cumpleaños, mi marido, mi hija y mis compis decidieron darme una fiesta sorpresa: alquilaron una casita rural, contrataron una orquesta, prepararon una excelente barbacoa con mis platos favoritos y buscaron complacer hasta el mínimo detalle que a mí pudiera hacerme sentir especial.
Pero yo sospechaba que me ocultaban algo e indagando aquí y allá, preguntando, observando y sobre todo, cogiéndole a mi marido el teléfono y leyendo sus whatsapps, me enteré de todo.
No dije que sabía nada y fingí durante todo el fin de semana. Lo pasamos genial, cantamos, reímos y compartimos infinidad de momentos; mas cuando volvíamos a casa, mi marido, que me conoce realmente bien, me aseguró que no me habían dado ninguna sorpresa porque yo ya conocía lo que iba a suceder.
No se lo negué, pensando que total, como ya todo había terminado y veníamos tan contentos, aquello no tendría ninguna relevancia.
Muy a mi pesar, él se mostró realmente contrariado y estuvo un par de semanas dirigiéndose a mí con monosílabos.
Le pedí perdón y prometí intentar corregir ese defecto, incluso comencé a ir a una coach que me recomendaron…”
La mujer terminó su exposición manifestando que se encontraba algo mejor, que estaba siendo capaz de no sucumbir a algunas tentaciones pero que se quedaba con una frase que su coach le decía: “no serás realmente feliz hasta que le permitas a la vida jugar contigo y tú no te adelantes en imponer las reglas del juego”.
Aquel día, yo llegué a mi casa, cené, me dormí, con la adrenalina a flor de piel porque me acababan de comunicar mi cambio de puesto de trabajo y mi inminente comienzo en Málaga y la chica del Bla Bla Car, se quedó en el rincón más recóndito de mi cerebro.
Esta mañana apareció, un número que no recordaba se dirigía a mí por whatsapp con un mensaje que al principio tomé por una de esas dichosas cadenas que tan de moda están, pero que finalmente corroboré que era de mi casual compañera de viaje:
“El secreto no es esperar, la clave está en confiar. ¡¡¡Deja que la vida te sorprenda!!!
Realicé un ejercicio de retrospección analítica conmigo mismo y llegué a la conclusión de que he concedido demasiado control de mis emociones al entorno, que he otorgado la capacidad de hacerme sentir seguro, especial, importante…, a opiniones, críticas o sugerencias de terceras personas y que, ya no recuerdo lo que es, aquello de quedarse boquiabierto ante algún regalo con el que la vida nos obsequie.
No sé si lo conseguiré, pero voy a poner todo mi empeño en fluir con lo que me rodea y no intentar modelar la realidad en función de escenarios que solo habitan en mi cabeza, voy a beberme el resto de mis días sorbo a sorbo, saboreando cada trago como el elixir más preciado y voy a cobrarle al 2016, con unos intereses tan elevados que el Banco Central Europeo se echaría a temblar, todo aquello que me negó.
Para empezar, la vida me va a regalar este 2017 tres momentos que he soñado vivir en muchas ocasiones y cuya posibilidad de hacerlos realidad ha llegado sin que yo haya tenido nada que ver.
Ese es el secreto que hoy comparto con vosotros, el que espero, no os quedéis y compartáis con todos aquellos que esperan y desesperan a la busca de la sorpresa que la vida les tiene preparada…
David Gámiz