Preguntas

¿Tenerte? ¿Temerte? ¿Perderte?
¿Intentar al menos conocerte?
¿Desnudarte el alma? ¿Abrazarte fuerte?
¿No dejar de amarte? ¿Odiarte a muerte?
¿Invitarte al cine? ¿Desear que te acerques?
¿No hacerte ni caso? ¿Ignorarte siempre?
¿Tomar unas copas? ¿Hablar con la gente?
¿Decir que me gustas? ¿Pensarte mil veces?
¿No mandarte whatsapps con gilipolleces?
¿Pasar de tus penas cuando me las cuentes?
¿Ir a tu trabajo para recogerte?
¿Hacerte la cena? ¿Postre sugerente?
¿Mandarte canciones? ¿Sentir que me sientes?
¿Reírme de los chistes malos que haces cuando bebes?
¿Besarte con miedo? ¿Vivir para verte?
Dime lo que hacer, mírame de frente,
pues yo no lo sé, y no me sorprende;
Solo tengo claro, que eres mi presente,
y saberte cerca es el aliciente
para levantarme, para no caerme…
No quiero dañarte, no quiero romperme,
no quiero bajar de mi luna creciente,
temo dar un paso que me desoriente,
por eso habla tú, decide mi suerte,
quédate en mi vida o huye para siempre….
David Gámiz

El trofeo

Seguramente te habrá pasado que en ocasiones, llegas a casa tras tu rutina diaria y por cualquier causa, sientes que todo te viene grande: el trabajo, el cuidado de los hijos, tus relaciones con los demás, las facturas que se acumulan…, cualquier cosa que en situaciones normales gestionas dedicándole el mínimo tiempo posible y volcándote en quienes de verdad se lo merecen, hace que en días como los que describo, hagan de un grano de arena un océano completo.
Tuve un profesor en la facultad que nos hablaba mucho de esos días, días en los que no nos recomendaba ni tomar decisiones, ni dar respuestas, ni hacer promesas, ni entrar en polémicas ni discusiones con nadie ni aceptar negocios. Por contra, nos solía decir que la acumulación progresiva en nuestras vidas de días como esos, generaba inseguridad, ansiedad, malestar, irritabilidad y tensiones innecesarias con nuestros seres queridos que podían acabar en una bronca sin importancia o si la cosa se agravaba, en otras cuestiones de carácter irreversible y de más difícil solución.
Para no llegar a estos extremos, nos hacía una recomendación:
“Cada día que te encuentres así, me decía, coge una copa, la más bella que tengas en tu casa, ponla ante ti y álzala diciendo: hoy me merezco un trofeo. Date una explicación de porqué te entregas el premio en este día, busca en tu interior algo positivo que hayas hecho a lo largo de la jornada, que seguro que lo hay, a lo mejor has tenido un día duro en el trabajo, pero en el intervalo que va entre que te levantaste y volviste a casa, has ayudado a un compañero a que su día sea más llevadero, quizás has visto a alguien necesitado en la calle y le has dado un poco de comida, tal vez un amigo te haya pedido un consejo y le has regalado unas palabras de aliento o simplemente le has prestado tu hombro para que de forma sincera derrame en él esas lágrimas que le corroían el alma, quizás hoy le hayas dedicado a tu hijo esa sonrisa que le debías, tal vez hoy hayas pedido ese perdón que sabes que tenías pendiente…
Busca lo bueno que has hecho, y date el trofeo por eso. A continuación, apunta en un papel el día, y el motivo por el que te has hecho acreedor del trofeo. Así todos los días, y cuando te encuentres mal, repasa la lista de los trofeos que atesoras, verás que no hay motivo para que ese océano que has hecho de un grano de arena sea tan grande y entenderás así que tienes que volver a dedicar tu tiempo a las cosas y a las personas que se lo merecen, no a las preocupaciones que con cada segundo que te están robando, hacen de ti una persona más infeliz”.
Mira en tu interior y piensa porqué te has ganado hoy tu trofeo. Yo ya he anotado porqué he logrado el mío. Espero que tú lo hagas también.
David Gámiz

La rosa

Hoy se celebra el día Internacional del Libro. En algunos lugares, también es costumbre obsequiar a las mujeres con una rosa, la que simboliza el cariño, respeto y gratitud de quien la regala para quien la recibe.
Ya sea la receptora del regalo una madre, a la que sus hijos adoran, una esposa o pareja, a la que su compañero de vida quiere y cuida como el tesoro más preciado, o esa amiga incondicional que siempre está ahí cuando más se la necesita, una hija por la que su padre suspira, una abuela amada por sus nietos…, las rosas van y vienen este día cargadas de amor por todas las partes del mundo.
Yo quería hacerte llegar esta rosa a ti, aunque sea virtual, porque durante todos estos años, me has regalado un tesoro muy preciado, lo único que jamás vas a recuperar, tu tiempo, convertido en amistad, en consejos, en sonrisas, en buenos momentos, en abrazos, en paseos, en tardes de sol, en tormentas que pasaron y volvieron a ser calma, en nostalgias compartidas, en copas brindando por lo bueno que nos dejó el pasado y lo esperanzador que nos ofrece el futuro, en definitiva, tú con tu dulzura, con tu optimismo, con tu serenidad, con tu templanza, con tu afecto y con la magia que derramaste en cada momento, has sido esa rosa que perfumó mi vida….
Gracias.
David Gámiz

Cogido de tu brazo

Me gusta ir de tu brazo por la calle
y no por el hecho de que la gente mire y murmure:
“vaya suerte tiene ese tío” “¡qué bien acompañado va!”
No es eso, es algo más sencillo,
es porque a tu lado, tengo la sensación
de que el mundo es un lugar seguro.
Me gusta regalarte mis historias,
decirte que soy un desastre y que tú rías,
que le quites importancia a mis fracasos
y que compartas conmigo tus victorias.
No sé porqué cuando te tengo cerca,
olvido todo aquello que olvidar no puedo,
sonrío aunque mi alma tirite congelada
y confío en la vida que todavía me queda.
Arrojo el mal humor a la basura
los instantes en que bebo tus palabras
sorbo a sorbo, como el tónico que acude
siempre presto para renovar mi aliento.
No es sólo eso, es algo más,
la quietud serena en la que me sumerges,
el confiar en la complicidad de tus silencios,
el saber que si un día marco tu teléfono,
contaré con tu ayuda y tu consejo
y despertaré envidias, caminando por la calle de tu brazo.
David Gámiz

La gata

Yesy había sido una buena amiga, fiel, cariñosa, aveces algo independiente, como cualquier gato, pero no cabía duda que la señora Aranda la había adorado, por eso, cuando el veterinario le comunicó la triste noticia, fue a recogerla a la clínica y se dispuso a enterrarla en su jardín.
La metió en una bolsita de lona azul, pensó que allí estaría cómoda en su viaje final y enfiló el camino a casa. No se dio cuenta que dos jóvenes la seguían, y en una esquina poco iluminada, poniéndole una navaja en el cuello, le arrebataron la bolsa.
Aquella noche, ni la señora Aranda ni los jóvenes pudieron dormir. La primera, recordando a su gatita, los segundos, espantados por los tremendos maullidos que resonaban en alguna parte de la casa.
David Gámiz