Epílogo

No se asuste querida, aquí no nos comemos a nadie, muchos de los internos, por no tener, no tienen ni dientes, así que figúrese. Sí, puedo entenderla, esa cara de desconcierto es la que tenía yo el primer día que pisé este lugar y apuesto hasta que se está usted haciendo las mismas preguntas que yo me planteaba: ¿Vendrán mis hijos a verme? ¿Se acordarán de mí? ¿Podré ir a la comunión de mi bisnieta? Sí, no me niegue que se está preguntando todo eso e incluso otras cosas de las que es mejor no hablar, a lo mejor anda usted como me pasaba a mí, cavilando sobre el tiempo que le queda antes de que su telón se baje para siempre…
Sabe, yo ya llevo siete años entre estas paredes y le aseguro que al principio cuesta pero que llegan a ser como tu propia piel.
No sé usted, pero yo no imaginaba que el final de mis días iba a ser éste, había proyectado infinidad de desenlaces para la novela de mi vida y aunque sé que aún me falta por escribir el epílogo, el último capítulo no ha sido del todo afortunado.
Pero usted es joven ¿no? Yo le calculo unos 75 años, más o menos los que yo tenía cuando llegué aquí. Al principio me aburría como una ostra sabe, porque entre que mi compañera de habitación era una pobre señora consumida por el Alzheimer y que me empeñé en sumergirme en la decrepitud de mi alma, estuve a punto de adelantar mi encuentro con lo que sea que haya después, si es que hay algo.
Pero bueno, dicen que de todo se sale y a mí me ayudó mucho Eli, la psicóloga que vino a sustituir a la otra señora que antes ocupaba ese puesto, y le hablo de ella de esa forma casi despectiva porque en el año que estuvo aquí, no tuvo ni una palabra de afecto conmigo ni con ninguno de los internos, para ella todos éramos una cuadrilla de viejos chochos a los que lo mejor era dormir a base de psicofármacos para que no dieran ruido.
Pero la echaron sabe, y llegó Eli. Ella era otra cosa, como la noche y el día oiga usted, nos trataba con tanto cariño, siempre andaba ideando juegos y actividades para amenizar nuestros días. Hacíamos gimnasia, bailes de salón, juegos de memoria…, y el guateque, como olvidar el guateque de los domingos.
En realidad no era nada especial, lo que Eli hacía era traer discos de antes, pedirnos que nos vistiéramos de época y hacernos chocolate y bizcochos, bueno aunque los más atrevidos o los menos tocados, también aderezaban estas tardes con un sorbito de anís o cualquier otro licor que agenciaran por ahí.
Hubo una tarde que no olvidaré sabe, fue cuando rememoramos la década de los sesenta. Figúrese, yo que siempre he sido la rebelde de la casa me acordé de que por aquellos años, las mujeres comenzamos a usar pantalones y a comprar de contrabando pastillas anticonceptivas… Qué tiempos, oiga, a lo mejor a usted todo eso le pilló muy joven, pero yo lo recuerdo con enorme cariño, era como si la gente en aquellos años tuviera más sangre en las venas y menos pájaros en la cabeza. Se sabía lo que se quería, se deseaban cosas tales como casarse y formar una familia, la gente se entregaba por completo y una palabra dada, valía por el honor de quien la pronunciaba. Hoy en cambio no es así, hace poco fue el cumpleaños de mi bisnieta y al soplar las velas le dije que pidiera un deseo y ¿sabe usted lo que me confesó luego que había pedido? Que le crecieran las tetas pronto para poderse parecer a las amigas con las que sale…
El caso es que en ese guateque, cuando Armando Manzanero cantaba aquello de mis manos en tu cintura, un señor me dijo con voz seria y educada:
-¿Señora, me concede este baile?
Y vaya si se lo concedí y no fue únicamente un par de pasodobles lo que logró sacarme el bribón. Parecía un palurdo sabe, hablaba poco, estaba sumido en su mundo, como si no se enterara de nada pero vaya si lo hacía…, después me confesó que le había ido mejor en la vida siendo un listo que se hace el tonto que siendo un tonto que se hace el listo…
Arturo, que así se llamaba el buen señor, fue capaz de sacar de mí las últimas mariposas que quedaban, descubrió como hacerme soñar nuevamente con un beso, me trasladó a tantos mundos imaginados por él, me contó historias, que él decía que eran verdad pero que no había que ser un lince para saber que sólo existían en su mente, me enseñó una forma de afrontar el final con optimismo y confianza.
Pero no me dijo que se iría sabe, nunca me habló de que una noche de enero, mientras su alma viajaba por los mundos de sus historias, uno de sus achaques se convirtió en la guadaña de la mala fortuna y me lo arrebató para siempre.
En fin, que la voy a dejar que creo que la estoy aburriendo, pero si me permite un último consejo, trate de hacer todo lo visible que pueda la luz que aún alberga en su interior. Cuando yo llegué aquí me sumí en una negrura que casi me pasa factura, pero luchando contra mis recuerdos más pretéritos, logré sonreír alguna vez y prender la llama que me hizo conocer y amar a Arturo y sabe una cosa, que ese amor postrero e inesperado, me hizo darme cuenta del tiempo que perdí cuando no estaba aquí preocupándome por estupideces. Yo no podré volver atrás ni vivir siete veces como un gato, pero le aseguro que si lo hiciera, me querría mucho más a mí misma, lo que me ayudaría a amar de verdad a mis seres queridos, como me ocurrió con Arturo.