Dualidad

Hoy recibí dos llamadas telefónicas, de dos personas a las que aprecio. Ambas llamadas se realizaron desde un hospital. La primera persona que llamó, rebosaba alegría, a la segunda, la desbordaban la pena y el llanto.
Como las monedas, hay muchos lugares que pueden tener implícita una cara y una cruz. Cuantas lágrimas de alegría o dolor se vén a diario por ejemplo en estaciones o aeropuertos, donde se celebran reencuentros y se lloran despedidas, o cuantos vítores se cantan en estadios por los vencedores, mientras que los perdedores sufren en silencio su derrota. En cuantas iglesias se celebran bodas y bautizos, para que a las pocas horas se despidan almas en funerales y en cuantos bares se han iniciado romances y se han echado a perder vidas en el reflejo de una copa vacía. Y cuantas personas no muestran una cara al mundo, amable, servicial, educada, y son verdaderos monstruos cuando cruzan el umbral de su casa…
Se me ocurren muchos ejemplos como los expuestos, en que algo puede verse desde dos ópticas bien distintas según el modo en que se mire, o la forma en la que a cada quien le toque afrontarlo y me viene también a la mente aquel típico refrán de que cada cual cuenta la feria según en ella le ha ido.
Pero creo que lo más importante de esta dualidad que aveces se nos presenta es precisamente lo contrario, mostrar una sola cara, la sonrisa ante la adversidad y el mal tiempo y la humildad ante el éxito y la bonanza, ser consecuente con lo que se hace, asumir los errores si se producen y aprender de los mismos pero no creerse en un pedestal si el viento viene de cara, pues puede tornarse en contra en apenas unos segundos y hacernos pasar de una llamada telefónica a otra, de la risa al llanto, del miedo a la confianza y del amor al odio, los cuales, dicen que, como casi todo en la vida, nada más que están separados por un paso.
David Gámiz

Obsolescencia programada

Hoy es algo cotidiano, que las cosas materiales con las que, en muchas ocasiones, suplimos las carencias de otra índole que nos impone el día a día, tengan una obsolescencia programada.
Hay quién asegura que los teléfonos móviles, por poner un ejemplo, están programados para, a lo sumo, durar un par de años y si superan esta prueba, los fabricantes se encargan de que el usuario no tenga más remedio que desembolsar el dinero de otro terminal más actualizado, ya que el que poseía, no soporta las últimas actualizaciones realizadas por la marca, lógicamente por bien de sus clientes.
Ahora bien, yo me pregunto, ¿cuántas veces somos nosotros, los que cansados del modelo anterior, programamos la obsolescencia de ese teléfono?
Mi abuela me solía decir cuando yo era pequeño que “si algo se rompe, no se tira, se arregla”.
Quizás esta sociedad de consumo en la que estamos inmersos, ha cambiado esa forma de pensar y si algo no nos gusta, se estropea o simplemente, pasa de moda, olvidamos el valor que tuvo en su día y nos deshacemos del objeto en cuestión.
Profundizando en esta forma de actuar, me atrevo a pensar que hoy en día, hay tantas rupturas entre parejas, tantas peleas entre amigos, tantas discusiones innecesarias y conflictos vacíos, precisamente por la falta de paciencia que nos aqueja.
Tu pareja no tiene la obsolescencia programada, pero a lo mejor piensas que es más sencillo romper una relación, que puedes haber mantenido meses o incluso años, que sentarte, reflexionar y arreglar las cosas, pues genera una enorme pereza el hacerlo…
Tus amigos tammpoco han programado el día en que dejen de frecuentarte, pero a lo mejor si tú no llamas nunca por teléfono o envías un mensaje, a sabiendas de que a él le gustaría saber de ti e incluso alguna que otra vez ha sido quien ha llamado, obteniendo la callada por respuesta, ese amigo puede elegir compañías que le demuestren algo más de afinidad, en lugar de llamarte y decirte, sin reproches, que lo tienes un poco abandonado y que le gustaría retomar la amistad…
Y así con todo, vamos pasando los días, cambiando de móviles, de pareja, de amigos, de aficiones…, dejando atrás nuestro pasado y nuestra esencia y sin pararnos a pensar, que muchas cosas de las que dejamos, no volverán si no ponemos de nuestra parte.
¿Y tú? ¿Programas la obsolescencia de tu entorno? ¿Has perdido algo por pereza a no lucharlo?
Os dejo estas preguntas a modo de reflexión, y como conclusión a estas líneas, me atrevería a decir que la causa de muchos modus operandi actuales es el déficit de valor que otorgamos a las cosas. Mira lo que vale aquello que hoy posees y no lo deseches, que a lo mejor mañana, lo echas en falta…
David Gámiz