Cosas que damos por hechas

Ayer lunes, a eso de las 05:23, cuando servidor estaba en el quinto sueño, algo raro pasó. Me desperté de repente, con la extraña sensación de que alguien zarandeaba mi cama. Lo primero que pensé, es que en mi piso había fantasmas, y que un extraño ente paranormal estaba moviendo mi cama como en la película del exorcista. Nada más lejos de la realidad, pues al encender la radio, comenzaron a hablar del terremoto que ayer se produjo en el mar de Alborán, a pocos kilómetros de Melilla y del que todos, habréis oído hablar y muchos hasta sentiríais como yo.
Cuando todo pasó y la cama dejó de moverse, fue cobrando forma en mi cabeza una pregunta:
¿Te has parado alguna vez a pensar en la cantidad de cosas que a diario dejas de hacer precisamente porque das por hecho que no es necesario que las tienes que hacer?
Te pongo varios ejemplos para ilustrar esta cuestión:
¿Cuantas veces, por ejemplo, dejas sin hacer algo en casa, porque otro miembro de tu familia tiene la costumbre de hacer esa tarea, pero no le preguntas si le gustaría que le ayudaras a hacerlo, o cuantas veces, olvidas dar un beso o decir algo bonito a la persona a la que quieres, porque tú entiendes que esa persona ya presupone ese gesto?
Aveces vamos demasiado deprisa por la vida, actuando como autómatas que dan por hecho cosas que a lo mejor, otros, a los que importamos y los que nos importan, no entienden con el mismo automatismo que nosotros y esperan por nuestra parte una respuesta que apenas llega.
Creo que deberíamos pararnos a reflexionar sobre esto más a menudo, en mi caso, sin que tenga que venir un terremoto a hacérmelo ver, y darnos cuenta de que en ocasiones, es preferible pasarse a quedarse corto y que no cuesta nada, hacernos ver, no dar tanto por sentadas las cosas que creemos que eternamente van a ser de una determinada forma y entender, que puede que llegue un día, en que echemos de menos el que alguien retire las zapatillas de debajo de nuestra cama o en el que nos despierten con un beso y un te quiero.
David Gámiz

El día más triste del año

Hoy me levanté con una noticia de esas que te hacen pensar: decían en varias emisoras de radio que este lunes 18 de enero, debido a factores tales como el reciente final de la navidad, la meteorología, la posición de los astros y las continuas desavenencias de los políticos de la nación, este último factor lo añado yo de mi cosecha aunque bien podría ser causa también de lo que a continuación os cuento, es el día más triste del año.
Me dejó un poco perplejo la noticia, entre otras cosas, porque los locutores de la mañana argumentaban que el galardón atribuído al día se le había asignado mediante una fórmula matemática que un psicólogo inglés había calculado tras múltiples gintonics, perdón, cálculos.
Continué con mi actividad laboral, aunque deteniéndome mucho en observar las actitudes y aptitudes de las personas que hoy pasaron cerca de mí: no observé nada fuera de lo habitual, gente con prisas en el supermercado, lentitud en el médico de cabecera, los comentarios de siempre en el bar donde desayuno, normalidad en mi trabajo…, nada que me hiciera sospechar que la gente estuviera imbuída de esa tristeza que mencionaban en las emisoras al amanecer.
Cuando me fui a almorzar, en las mismas emisoras de radio que daban bombo a la noticia, contaban que lo del día más triste del año no era más que una campaña publicitaria de una cadena de agencias de viajes, que en 2011 encargaron al psicólogo inglés de los gintonics, perdón, de los cálculos, que hiciera sus fórmulas para ver que día podía venderse como el más triste del año y así sacar campañas enfocadas a viajes nostálgicos, escapadas melancólicas, y todo tipo de turismo donde la lágrima fuera la protagonista.
Sinceramente, me cuadró mucho más esta idea que lo de una fórmula matemática que calculara una ecuación exacta cuya incógnita fuera el día en que por x razones estamos de peor humor. No sé porqué, creo que a esto ya estamos acostumbrados, ahora viene San Valentín y toca estar enamorado, luego viene el día del padre y el de la madre, y lo que venderá será lo que queremos a nuestros progenitores, más tarde llegarán rebajas, luego la semana joven, el viernes negro y la navidad.
Sabéis, yo no sé a vosotros, pero a mí me toca mucho las narices que decidan por mí cuando estar triste o estar contento, como demostrar lo que quiero a mi pareja, de qué forma me apetece hacer sentir a mis padres que son lo más grande que tengo, tampoco me gusta que me digan como gastar, qué comprar y adonde hacerlo, y menos aún, que decidan por mí el color de los días. Yo amo a mi pareja, intento demostrárselo cada vez que tengo ocasión, y no hay día en que no le diga lo que la quiero y cuanto la extraño si la tengo lejos, ni jornada en que no dé gracias a dios por tener unos padres que supieron inculcarme unos valores, hacerme fuerte ante las adversidades y que se dejaron la piel por darme la formación que hoy tengo y en definitiva que ahora sea la persona que soy, a los días les pinto yo el color que mejor les venga, los regalos los prefiero hacer de corazón y cualquier día es bueno y por supuesto, tanto los días tristes, como los felices, no los decidirá ninguna fórmula matemática, sino tu, o yo, con la actitud que tomemos ante la vida.
David Gámiz