El mundo tras el cristal

“Cartas en el cajón y ninguna es de amor,
Nunca un príncipe azul por tu vida pasó.
Vés las horas pasar frente al televisor,
El teléfono está dormido en algún rincón”…
¿De veras alguien ha podido alguna vez sentirse así? Piensa Amanda mirando a su ipod, como si este pudiera responderle-. Yo creía que esto me sucedía sólo a mí. Vaya mierda de todo, mañana lo mejor que puedo hacer es levantarme, decirle a mamá que tengo fiebre y quedarme aquí, no creo que pueda soportar la puta fiestecita, las rosas que irán y vendrán, las caras de todos y las miradas de las de siempre, esas miradas que parecen decir “no te preocupes, el año que viene alguna de estas rosas que hoy tengo yo, será para ti”… Estúpidas, aunque ellas no son las estúpidas, yo creo que son ellos, o yo, no sé…
Seguro que si busco en google, hay algún método para hacer subir la temperatura corporal algunas décimas y engañar a mamá, me niego a pasar por eso, ya son muchos años con la misma cantaleta: a Amanda nadie le envía flores…
Recuerdo el año pasado cuando, convencida por Lola, la amiga de mi madre, esa que anda haciendo unos cursos de algo parecido a la psicología pero que tiene un nombre impronunciable, me decidí y fui a la fiesta de San Valentín. Fue horrible. Las clases se desarrollaron con normalidad toda la jornada, con las típicas interrupciones, permitidas por el instituto ese día, de los estudiantes de cuarto, que repartían flores a los afortunados o afortunadas que habían sido obsequiados por alguien con ese detalle. Con el dinero que sacaban de la venta de rosas, pagaban una parte de su viaje de fin de curso.
Por mucho que los profesores quisieran, ese día era muy difícil prestar atención a las clases, pues el que más y el que menos, andaba a la espectativa de ver como reaccionaba el recepttor de sus mejores intenciones en forma de regalo o por contra, como era mi caso, por comprobar si alguien había decidido obsequiarlo con una flor y hacerle sentir especial en tan maravilloso día.
Lola me decía que si había algún chico que a mí me gustara, que quizás el primer paso lo debía dar yo…, estupideces, si frustrante era el no obtener ningún detalle de los chicos del colegio, peor sería hacerle llegar a Juan una flor y ver como él se reía en mi cara. Me diría lo mismo que todos, que en la vida se le ocurriría salir con una chica como yo, que sí, que soy muy simpática, muy agradable, que en ocasiones les animo las fiestas, que consigo bebida como nadie para los botellones y que engaño a las de la tienda de chinos para que nos venda ron, cuando nadie lo hace, pero que en el fondo, soy la gorda, esa es la etiqueta que llevo colgada de mi persona mal que me pese y por más dietas que haga, más horas que coja la bicicleta o la cinta de papá, no tiene remedio…
Lola me decía que no juzgara a un pez por su capacidad para trepar a las copas de los árboles, hablaba de que el chico que se fijara en mí iba a hacerlo por lo que soy y no por como soy y me animaba con esas frases de las que, supongo han de estar llenos los libros de su carrera de psicología impronunciable, que están muy bonitas y son realmente motivadoras en boca de ella, pero se estrellan en el muro de la realidad de mi existencia y ahí permanecen, guardando su turno para ser escuchadas, como el ciudadano que espera paciente tras la ventanilla de un funcionario.
También me dice que no renuncie a mis sueños… ¿Mis sueños? El caso es que a día de hoy, ya no sé ni cuáles son. Lola dice a menudo que solo tengo dieciséis años y que a esa edad todavía no he tenido tiempo ni siquiera de elaborar sueños para cumplir, será por eso que cuando me quedo dormida, solo veo túneles negros, o en otras ocasiones, me despierto sobresaltada al verme dentro de un espacio cerrado erméticamente al que por algún lugar, va entrando una gota de agua y gota a gota, el espacio se convierte en una enorme piscina de la que no tengo escapatoria y en la que me ahogo.
Tengo sueños pequeños y aún así, casi nunca se cumplen. Solo deseo ser normal, no ser la chica a la que los demás diferencian por algo, ser Amanda y no la gorda, que me llamen por mi nombre y no por mi apodo, que me conozcan por que se me da bien pintar al óleo y no porque me encanta aveces zamparme un paquete de seis donuts del Granier… Yo sólo quiero ser yo, andar libre por la calle sin que me afecten las miradas y comentarios de la gente, mirar escaparates sin pensar que lo que venden jamás me lo podré poner y no sentirme mal, escribir una carta a Juan diciéndole que yo sé que a lo mejor a él no le gusto, pero que él a mí sí y no tener miedo a que me rechace, encender mi móvil y ver algún whatsapp, estar dentro del grupo de las niñas de cuarto, tener seguidores en twitter como mi hermana Marta…, pero dios, ¡es todo tan difícil!
“Sabes que algo va mal y no quieres hablar,
Te conformas con ver el mundo tras el cristal.
Ese disco que da vueltas sin descansar,
Esa música que no podrás olvidar”…

Hola Amanda:
Me ha costado mucho escribirte esta carta, no me atrevía a hacerlo porque lo de escribir no es lo mío, a mí me sacas del Fifa 15 y el Candy Crush y…, poco más, yo soy más de decir las cosas como las pienso y aveces digo muchas chorradas, como cuando le dije a tu primo Nicolás que se parecía al enano de los Lanister pero sin inteligencia. Sabes, desde ese día creo que no te caigo bien, porque en los descansos entre clase y clase, en el recreo, por más que he intentado acercarme a ti, he notado como que me huyes.
También he pensado que si hubiera logrado acercarme a ti no hubiera servido para nada, porque lo más probable es que no hubiera sabido ni qué decirte, tú hablas con una soltura que ya la quisieran los políticos que salen en la tele, yo me quedo flipado contigo, cuando dices algo, todo el mundo te escucha, sobre todo cuando dices esas frases que hacen pensar que no sé de donde las sacarás pero que nos rallan un montón a todos
El otro día le decía a mi colega Pablo que muchas veces, cuando me pillaba con el móvil cerca, apuntaba las cosas que tú dices y me molan y luego, cuando estoy en mi cuarto y mis padres se han dormido, las leo y aveces imagino que las dices solo paramí.
Fíjate, estoy mirando el móvil y tengo aquí apuntado algo que dijiste una vez y que me gustó un montón: “no existen sueños inalcanzables, lo que hay son personas sin alas para volar”.
Yo no sé si tengo alas, pero sueños tengo bastantes, desde ganarle al Rober al Fifa, aprobar matemáticas, por cierto, ¿como haces tú para entender los sistemas de ecuaciones? Yo es que no consigo que me entre en la cabeza que se puedan sumar letras con números, un 4 es un 4 y vale 4 y una a es una a y sirve para escribir palabras que empiecen por a como…, amor.
También me gustaría trabajar un día en algo que me gustara, ser mecánico como mi padre y mi hermano, o bombero, porque para futbolista creo que no valgo, pierdo hasta en la consola, y no sé, me gustaría que sonrieras al recibir esta carta y que te hiciera ilusión tener en tus manos la rosa que la acompaña.
Yo sé que una rosa no dice nada y quizás esta carta desordenada y llena de tachones tampoco diga mucho, pero dice todo lo que yo te quiero decir, y todo lo que te quiero decir es eso, que te quiero decir algo, sin el decir algo.
No sé si entenderás mi trabalenguas, tengo poca experiencia jugando con las palabras, tan poco soy bueno en el apalabrados, al que por cierto te he enviado alguna que otra solicitud que no terminas de aceptar.

Mi padre dice que cuando a uno le gusta una chica se lo tiene que decir, y dejarse de cartas y de darle vueltas a la cosa, es que verás, el otro día le dije que me gustaba una chica y que se lo iba a decir escribiéndole una carta y el se puso a recordar cuando le pidió salir a mi madre, con un simple: Rosa, me gustas como novia, a lo que mi madre le respondió: pues tú a mi no. No sé yo como lo negociaría mi padre, pero el tema le tuvo que salir medianamente bien, pues si no hubiera sido así, yo no te estaría escribiendo esto ahora.
Bueno, que no me enrollo más, que me parece que esta es la vez en mi vida que escribo una cosa tan larga, bueno no, recuerdo el día que nos mandaron una redacción sobre lo importante que era para nosotros nuestra familia y también escribí un tocho bien largo. Pues nada Amanda, que me encantaría que me hablaras en los recreos, dar algún paseo contigo, jugar al apalabrados, hablar de todo lo que tú quisieras, que me enseñaras más frases de las que leo antes de dormir, invitarte a merendar donuts y protegerte de esa gente que yo sé que te agobia mirándote y cuchicheándo, aunque para hacerlo solo pudiera darte un abrazo y un beso, porque las frases bonitas las tienes tú.
Juan

“Háblame, de tu oscura habitación,
De tus noches sin dormir,
De tu calor.
Llámame y a tu lado yo estaré,
No me preguntes quién soy,
Pues no lo sé”.
-Buenos días. Mire, soy Ana Domínguez, la madre de Amanda Cano, llamo para avisar que mi hija no podrá acudir hoy a clase, sí, se ha levantado con algo de fiebre, probablemente será gripe o alguno de tantos virus que andan con este frío. No se preocupe, se reincorporará pronto, ella es fuerte, si alguna de las chicas la puede llamar por teléfono para decirle si tiene que hacer alguna tarea para el fin de semana…, sí, muchas gracias y feliz día.
Amanda sonrió satisfecha al ver que el señor Google había hecho un buen trabajo. Su madre se fue a la oficina, no sin prometerle antes que la llamaría si empeoraba, se dispuso a escuchar algo de música en su ipod, cuando el sonido del móvil la sobresaltó. Celia, su compañera de pupitre le enviaba un whatsapp:
-Para una vez que te mandan rosas, no vienes… ¡Eres un desastre!

Un momento histórico

Hace ya casi un año de aquel lejano viernes en el que asistí, atónito, desde este mismo sofá en el que ahora os escribo este post, a un momento histórico que ahora recuerdo con una rara mezcla, entre pena y nostalgia:

Aquello era una final y así lo debía yo haber intuído, para mí era el final, era el final de una etapa, ni mejor ni peor que otras, pero sí que recuerdo ese final como uno de los más dolorosos que he encontrado en estos años.
Ahora, un año después, de los asistentes a aquella final, ya no queda nadie, todos han emprendido caminos diferentes y a mí, solo me queda el consuelo de que mis lealtades, siguen siendo las mismas: mi hija, mis padres, el intentar desempeñar de la forma más correcta posible mi puesto de trabajo, los tres amigos que nunca me fallaron y esa persona que siempre estuvo ahí pero que ahora está de una forma un poco más especial, quizás compartiendo conmigo su naufragio, o tal vez construyendo los cimientos de un barco nuevo…, cualquiera sabe.
Lo que no puedo evitar, es que cada vez que escucho esa canción, recuerde con el más infinito de los cariños a los que estaban y bien porque no pueden o bien porque no quieren, hoy no comparten una copa de vino como aquella noche conmigo.
David Gámiz