lápiz con biruta

Los consejos que me dieron

Alguien me dijo una vez que para poder ganar se debe saber perder;
que nada es casualidad, que nada te saldrá bien Si antes no te salió mal,
que debes amarte a ti si a alguien pretendes amar,
que nunca brilla una luz si antes no hubo oscuridad,
que es necesario decir lo que tanto miedo da;
que no es libre quien presume de vivir en libertad,
sino aquel que en calma asume que algún día ya no estará.
Es necesario entender que no hace falta dormir cuando se desea soñar,
que no se logra subir sin mil veces resbalar,
será mucho más feliz aquel que se duerma en paz,
que aquel otro que batalle con el miedo a despertar.
Valora el amanecer como una oportunidad, De ser quien quisiste ser, de volver a respirar;
haz borrón y cuenta nueva, date esa oportunidad,
de perdonarte a ti mismo y de paso a los demás.
No olvides que no eres dueño del tiempo que vivirás,
deja hechos los deberes, solo así hallarás la paz.

Etapas

Se aproxima septiembre, el olor a libros nuevos, los coleccionables por fascículos, el inicio de la liga y la vuelta al cole.
Poco después, llegará el otoño, con su aroma a nostalgia y las hojas cubriendo las calles, con los anocheceres tempranos y las melancolías en alerta.
Son etapas, como las de una gran carrera ciclista, debemos llegar a la meta con buenos resultados para sentirnos, en primer lugar, satisfechos con nosotros mismos y con el trabajo realizado.
Pero en ocasiones nos cuesta: el hecho de pasar de una etapa a otra puede ser traumático en ocasiones, casi siempre debido a la añoranza que provoca la etapa que se deja o la continua pregunta que nos formulamos hasta reventar: ¿podría haberlo hecho mejor si hubiera actuado de otra forma?
Nos cuestan los cambios, asumirlos nos genera mucha inseguridad y miedo en ocasiones, hasta tal punto que a veces quien tiene que acometerlos, se enfrenta a depresiones y otras patologías similares ante su impotencia a la hora de asumir las nuevas circunstancias.
Yo que he vivido situaciones como las que describo en los últimos años, me imaginaba siempre el proceso del cambio como un largo túnel en el que había dos puertas: la primera, la abrimos para internarnos en el túnel y con ella dejamos atrás una determinada situación que va a modificarse en nuestras circunstancias vitales. Tras recorrer el túnel, llegamos a la puerta a la que debemos entrar y tras la que se encuentra el cambio, lo nuevo, eso que nos impide dormir por las noches y nos sumerge en una amalgama de pensamientos inconexos y de escaso sentido donde cualquier decisión o actuación por nuestra parte, nos parece lamentable, dejándonos como una piltrafa la autoestima.
Todo comienza a mejorar cuando nos atrevemos a abrir esa puerta a la que nos enfrentamos. Muchas veces sucede, que la intentamos abrir y es como si estuviera atascada, como si hubiera algo que impidiera activar el mecanismo de apertura. Esto nos hace cuestionarnos si alguna vez seremos capaces de dar el paso.
El truco para que la puerta ceda y se muestre a nosotros aquello que el destino nos tiene preparado, radica en que debemos cerrar antes la puerta de la que salimos, la que por despiste, casi siempre nos dejamos abierta.
Lo que está claro es que las dos puertas no pueden coincidir abiertas al mismo tiempo, la dirección nos la tenemos que marcar nosotros y ha de ser únicamente una.
Ahora toca cerrar puertas, atravesar el túnel que nos llevará a septiembre, iniciar el otoño con la motivación de que nos traerá oportunidades y no con la desazón que puede ocasionar el creer que no lo hicimos bien en la anterior etapa.
Mira en tu interior y respóndete de forma sincera a estas preguntas: ¿cuando te miras al espejo te reconoces en quien eres? ¿Estás recorriendo el camino que quieres recorrer? ¿Te aportan lo que necesitas las personas que te acompañan en tu viaje?
Esas preguntas te ayudarán a cerrar puertas del pasado y sus respuestas te permitirán avanzar hacia el futuro que tú elijas.

Vivir

Aprendí a echar de menos,
a darme baños de ausencia, a no creer en demasiadas cosas
y a dudar de mis dudas.
Entendí que las cosas no son como las vemos, sino como las sentimos,
que dos y dos no necesariamente suman cuatro,
porque cuando se trata de corazones, alguno siempre se queda por el camino
y el resultado de la operación sería un número impar.
Supe desde siempre que el secreto estaba en mí
y que el tiempo en que me empeñé en buscar mi felicidad en la felicidad de otros
fueron horas que mi reloj quemó sin obtener por ello combustible para mi movimiento.
Con todo esto, me pregunto cuántas cosas me quedarán por descubrir
y no sé si me da más miedo o satisfacción
el saber que son muchos los errores que aún cometeré;
si no fuera así, probablemente me secaría como la planta a la que olvidan regar,
porque equivocarse es aprender y aprender es vivir….

Esos locos bajitos

No sé a vosotros, pero a mí me sucede que cuando voy por la calle y escucho cerca de mí la risa de un niño, sus juegos, berrinches y travesuras, se me eriza la piel y se entremezclan el sentimiento de nostalgia por la pasada infancia y el de alerta, pensando que cerca de mí anda un loco bajito expuesto al albur de una incierta sociedad y únicamente bajo la supervisión de sus padres o la familia más cercana.
Esta sensación de alerta, la relaciono directamente con la certeza de que ese niño que anda detrás de su abuela para que le compre una chuche o aquella otra que camina enfurruñada porque el padre se la ha llevado del parque cuando a ella aún no le apetecía volver, será uno de los futuros dirigentes políticos el día de mañana, o un científico, maestro, albañil, taxista, fontanero…., en definitiva, tendrá un papel en la sociedad al igual que nosotros lo intentamos desempeñar ahora, con mayor o menor acierto.
Es en esos momentos en que a mi lado pasa un niño cuando me surge una pregunta: ¿Qué encontrarán nuestros pequeños cuando crezcan y sean ellos los que determinen el devenir de las cosas? ¿Serán capaces de ordenar lo que los actores actuales en el teatro del mundo estamos poniendo patas arriba?
En ocasiones pienso que sí, que los padres y maestros seremos capaces de hacer un buen trabajo para incorporar al mundo una ornada de buenas personas, pero en otras ocasiones me surgen las dudas y para ello no tengo más que poner la tele, abrir un libro, entrar en cualquier red social…
La otra noche, navegando por internet, detuve mi velero virtual en una web donde solteros y solteras se describían a sí mismos y manifestaban cuáles deberían ser las características de la persona que les hiciera abandonar la libertad y optar por el compromiso.
“Hola, soy una chica independiente que no necesita a un hombre para ser feliz pero a quien le gustaría encontrar un chico independiente, culto, amable, para compartir los buenos momentos que ofrece la vida”.
“Muy buenas, soy un chico joven, sano, deportista, actual, a quien le gustaría encontrar a esa mujer que no me necesitara para nada pero que a su vez me quisiera para todo”.
-Cuanta contradicción -me dije-. No sé si serán las agencias de publicidad con sus agresivas campañas, las series de televisión, las novelas románticas o el cambio climático, mas considero que sobrevaloramos la independencia en todos sus niveles, algunos incluso se pasan las leyes por los cojons para lograrla.
No es que yo vaya a ensalzar en estas líneas un retorno hacia los años de “cuéntame cómo pasó”, donde las mujeres asumían el cuidado de sus familiares como algo que les venía de serie, mas sí que creo que esta especie de crisis de identidad que ha generado la sobredosis de información en la que hoy nos movemos, hace que el hecho de cuidar a alguien, ya sea un hijo, una pareja, un amigo o familiar, sea algo casi políticamente incorrecto.
Baste con ver como las madres actuales tienen que mendigar tiempo a las empresas para atender a sus hijos, o como los padres se pierden los primeros meses de sus bebés porque la baja de paternidad les obliga a trabajar a las pocas semanas del parto.
Hace poco una amiga me comentaba su desconcierto, pues su hijo había pasado mala noche y mientras lo dejaba con la abuela y se organizaba un poco, había llegado 10 minutos tarde a trabajar. Me decía que al llegar se topó con las caras avinagradas tanto de jefes como de compañeros, sin mostrar un ápice de comprensión por una situación que debería ser la más normal del mundo.
Me cuesta imaginar, y mirad que yo de imaginación ando sobrado, como será el mundo que mi hija, que actualmente cuenta con seis años, se encontrará cuando tenga treinta, pero de lo que estoy seguro es de que yo no le inculcaré el valor de la independencia como fuente de éxito o aceptación por el resto, intentando que esa niña que ahora revolotea a mi alrededor saltando, jugando y con la cara deliciosamente repleta de churretes de chocolate del helado que se anda comiendo, no desee ser independiente, sino interdependiente, porque solo si entendemos el mundo como un lugar en el que todos nos necesitamos, podremos progresar adecuadamente y no repetir curso porque nadie nos ayude a hacer los deberes ni avanzar.

Hoy hace diez años

Hoy he tenido muy presente un 2 de julio de hace diez años. Aquel día, con una licenciatura bajo el brazo que había obtenido cinco días antes aprobando un examen de dirección financiera, comenzó mi andadura laboral en la ONCE.
Recuerdo mi primer quiosco, en la calle Concepción, en Córdoba, al lado del burger King, donde celebraba si el día se había dado bien a base de Big King XXL.
A modo de anécdota, siempre recordaré que aquel día vendí 29 cupones y que mi primera clienta fue una señora que se llevó el 61434.
Fueron muchos quioscos, muchos amigos, muchas experiencias, días buenos, menos buenos hasta que, casualmente, otro 2 de julio, de 2012 en este caso, comenzó mi andadura como director de la agencia de Antequera.
Aprendí tanto allí que no creo que esa etapa de mi vida la vaya a dejar de tener presente ni un solo día. A nivel personal, comenzaba la etapa más negra en mis 35 años, aunque lo que se inició aquel 2 de julio me hizo tomar las decisiones que este 2 de julio de 2017 me han llevado a trabajar como instructor tiflotécnico en Málaga.
A vueltas de nuevo con las anécdotas, siempre recuerdo que hallá por los primeros noventas, cuando me preguntaban a qué me quería dedicar de mayor, siempre decía que quería ser tiflo, como Miguel Hidalgo, mi referente a nivel tecnológico, quien me inculcó el cariño por la tiflotecnología y la firme creencia de que podía ayudarme muchísimo en los próximos años.
Dicho esto, no me queda más que agradecer a todas las personas con las que, de una u otra forma, me he encontrado en estos diez años, por su apoyo, consejos, críticas y en definitiva, por tratarme siempre como uno más. También quiero dejar constancia aquí de mi más sincera disculpa, por si alguien ha sentido en estos años que le he fallado o que esperaban otra cosa de mí, os juro que en estos diez años, he intentado desempeñar mi trabajo con la mayor profesionalidad posible.
Y por último pero no por ello menos importante, agradecer a la ONCE, por su apoyo y su confianza en quien suscribe desde la infancia, desde aquellos lejanos días en que Antonio Maestre, mi maestro de apoyo, hacía cientos de kilómetros para venir a Priego a orientar a los profesores del colegio Camacho Melendo, donde estudié, hasta la actualidad. En esta casa he encontrado mi sitio, mi razón de ser y tantos amigos que si los mencionara en esta publicación, este blog quedaría pequeño.
Espero seguir muchos años con vosotros.

El bailarín

Es muy difícil bailar si no oyes la música con el corazón, tus movimientos serán torpes intentos de vibrar con aquello que no eres capaz de sentir.
Yo no soy buen bailarín, me muevo con torpeza, cual elefante en Ikea, pero vibro con los acordes de muchas melodías y si bien es cierto que este hecho no otorga a mis movimientos ni la gracia ni la soltura que se le suponen a un buen bailarín, están llenos de la carga eléctrica que la música arroja a mi ser.
Esto sucede con todo en la vida, es maestro el que ama enseñar, no el que acude a la escuela contando con precisión suiza los segundos que le quedan para irse a su casa o para embolsarse sus emolumentos.
Por eso escribo cada día, porque aunque tengo claro que siempre seré un escritor independiente que no podrá vivir de lo que sale de este teclado, no creo posible que se puedan detener las palabras que cada mañana, se agolpan en mi cabeza queriendo salir y ver la luz en forma de poema, de historia o de reflexión, como en esta ocasión.
A todos los que estáis ahí a diario, leyéndome, comentando mis publicaciones, dándome ánimo y fuerza para seguir mirando a la página en blanco como la mayor de las oportunidades, mil gracias, espero seguir mucho tiempo compartiendo con vosotros todo aquello que pueda arrancaros una sonrisa, poneros en la piel de quien entiende la vida como el mayor de los tesoros y ansía compartirlo y porqué no, traeros historias con las que una lágrima, pugne por deslizarse mejilla abajo.
Siempre he tenido una máxima que me aplico a diario y la que os recomiendo:
“Haz lo que amas y ama lo que haces”.
Sólo así, podrás sentirte satisfecho, porque si algo no te sale bien, nadie te quitará la satisfacción de haber puesto el alma en que así sea.
David Gámiz

En tu fiesta me colé

Esta mañana, alguien que sigue mis publicaciones en facebook y en este blog, me hacía una pregunta:
¿Oye David, y qué tiene que tener un libro para que venda?
-Creo que no soy el más indicado para contestar a esa pregunta -le respondí-. Yo tengo un libro publicado y no es ningún secreto que no ha sido un best-seller, entre otras cosas porque no nació para eso. Desde mi humilde opinión, un libro ha de tener una trama que atrape al lector desde el inicio, unos personajes bien definidos, algún giro inesperado que despiste a quien esté leyendo,, un poco de morbo o situaciones que inciten a pensamientos traviesos…, y por supuesto, un editor que al leerlo, apueste por quien lo escribe.
Ahí terminó nuestra conversación, pero aquí servidor, inquieto por naturaleza, le dio varias vueltas en la cabeza a la cuestión y reparé en un detalle en el que no había caído al responder la pregunta.
¿Os habéis parado alguna vez a pensar en cómo son los protagonistas de los libros que leéis? Más allá de su carácter, su personalidad, sus virtudes, sus defectos…, ¿No os parece que muchos de los personajes que pueblan los libros están cortados por un patrón que no es del todo real? Y me explico: es difícil encontrar un best-seller en el que quien protagoniza el libro, no tenga unos rasgos físicos realmente agraciados, en la mayoría de los casos, también gozan de una buena solvencia económica, de trabajos con elevadas responsabilidades y de vidas, a priori, mucho más interesantes que las nuestras.
¿Os imagináis que el protagonista de las cincuenta sombras fuera un tipo bajito, calvo y con barriga cervecera?
¿Influiría en las elevadas ventas de la saga “canción de hielo y fuego” el que Daeneris fuera rechoncha y desgarbada?
No es solo en la literatura donde esa supuesta perfección de los protagonistas es una tónica común: en el cine o el teatro, en la música o la poesía…
A mi parecer, está genial que los creadores de cualquier obra muestren a sus personajes con unos determinados rasgos, el problema es que son precisamente esos rasgos, los que excluyen a una gran mayoría de los mortales, porque si bien todos albergamos en nuestro interior unas determinadas cualidades o venimos con innumerables defectos de fábrica, la cuestión del físico, el estatus social o la posición económica está al alcance de muy pocos.
Me viene a la mente una canción de Ricardo Arjona, llamada “la mujer que no soñé”, que es la antítesis de la chica que protagoniza canciones normalmente y ¿sabéis que pienso? Que ellas también tienen derecho.
Será por todo esto que siempre que trato de dar vida a un personaje, lo imagino de todo menos perfecto, lo intento situar fuera de la gran gama de estereotipos establecidos por la sociedad para ser un triunfador y sobre todo, les doy la oportunidad de vivir eternamente encerrados en unas páginas a criaturas que a lo mejor, de otra forma, se quedaban para siempre vagando en el limbo de las palabras.
Así que, como el protagonista de la canción de Mecano que se colaba en una fiesta a la que nadie lo había invitado, yo trato de acomodar de la mejor forma posible en el escenario de la sociedad actual a los que, probablemente, siempre sean los olvidados.
Eso encontraréis en “Alunizajes”, al que por cierto ya están maquetando y vistiendo de gala para el próximo noviembre, cuando os lo presentaré.
Así que, si buscas historias de ficción con personajes que podrían ser realidad, quizás encuentres entre sus páginas la respuesta a muchas preguntas…
David Gámiz

La espera

Lo comprendí; hoy he entendido la importancia de algunas cosas, me ha costado trabajo hacerlo, incluso dos o tres veces he saltado abismos en busca de las respuestas que buscaba, sin saber donde aterrizaría.
Ahora lo sé, he pasado tres cuartos de mi vida otorgando importancia a cosas que no la tienen, permaneciendo constantemente alerta, a la espera de una señal, una luz, un beso cierto…, y nada de eso se daba porque yo no creía que fuera a suceder.
Ahora lo entiendo, las cosas no llegan cuando uno quiere que lleguen, sino cuando es el momento de que sucedan, igual que les pasa a los niños, no comienzan a andar, a hablar o a jugar cuando los padres lo piden, sino cuando una luz se enciende dentro de ellos y los conecta al mundo.
Yo viví en una desconexión casi permanente, y como el joven al que la paga que le han dado sus padres no le permite comprar un capricho, yo estiraba mis ilusiones y las trataba de amoldar a las circunstancias deseadas, deformando la realidad en mis intentos.
Hoy lo sé, a mi cabeza ha llegado la revelación del secreto, no venía envuelta como si de un regalo caro se tratara; llegó en forma de idea, de certeza, de madurez.
Hace algunos meses, cuando volvía a Priego de Córdoba en Bla Bla Car, una de las chicas que compartía coche conmigo, me contó algo que le había ocurrido.
“-Yo siempre quería tenerlo todo bajo control -decía-. Quería saber donde estaba mi marido, con quién salía mi hija, de qué hablaban mis compañeras de trabajo…, y cuando no tenía la certeza de conocer con seguridad alguno de estos aspectos, me sentía mal conmigo misma, pensaba que no estaba siendo una buena madre, una buena esposa o una buena compañera de trabajo.
El día de mi 45 cumpleaños, mi marido, mi hija y mis compis decidieron darme una fiesta sorpresa: alquilaron una casita rural, contrataron una orquesta, prepararon una excelente barbacoa con mis platos favoritos y buscaron complacer hasta el mínimo detalle que a mí pudiera hacerme sentir especial.
Pero yo sospechaba que me ocultaban algo e indagando aquí y allá, preguntando, observando y sobre todo, cogiéndole a mi marido el teléfono y leyendo sus whatsapps, me enteré de todo.
No dije que sabía nada y fingí durante todo el fin de semana. Lo pasamos genial, cantamos, reímos y compartimos infinidad de momentos; mas cuando volvíamos a casa, mi marido, que me conoce realmente bien, me aseguró que no me habían dado ninguna sorpresa porque yo ya conocía lo que iba a suceder.
No se lo negué, pensando que total, como ya todo había terminado y veníamos tan contentos, aquello no tendría ninguna relevancia.
Muy a mi pesar, él se mostró realmente contrariado y estuvo un par de semanas dirigiéndose a mí con monosílabos.
Le pedí perdón y prometí intentar corregir ese defecto, incluso comencé a ir a una coach que me recomendaron…”
La mujer terminó su exposición manifestando que se encontraba algo mejor, que estaba siendo capaz de no sucumbir a algunas tentaciones pero que se quedaba con una frase que su coach le decía: “no serás realmente feliz hasta que le permitas a la vida jugar contigo y tú no te adelantes en imponer las reglas del juego”.
Aquel día, yo llegué a mi casa, cené, me dormí, con la adrenalina a flor de piel porque me acababan de comunicar mi cambio de puesto de trabajo y mi inminente comienzo en Málaga y la chica del Bla Bla Car, se quedó en el rincón más recóndito de mi cerebro.
Esta mañana apareció, un número que no recordaba se dirigía a mí por whatsapp con un mensaje que al principio tomé por una de esas dichosas cadenas que tan de moda están, pero que finalmente corroboré que era de mi casual compañera de viaje:
“El secreto no es esperar, la clave está en confiar. ¡¡¡Deja que la vida te sorprenda!!!
Realicé un ejercicio de retrospección analítica conmigo mismo y llegué a la conclusión de que he concedido demasiado control de mis emociones al entorno, que he otorgado la capacidad de hacerme sentir seguro, especial, importante…, a opiniones, críticas o sugerencias de terceras personas y que, ya no recuerdo lo que es, aquello de quedarse boquiabierto ante algún regalo con el que la vida nos obsequie.
No sé si lo conseguiré, pero voy a poner todo mi empeño en fluir con lo que me rodea y no intentar modelar la realidad en función de escenarios que solo habitan en mi cabeza, voy a beberme el resto de mis días sorbo a sorbo, saboreando cada trago como el elixir más preciado y voy a cobrarle al 2016, con unos intereses tan elevados que el Banco Central Europeo se echaría a temblar, todo aquello que me negó.
Para empezar, la vida me va a regalar este 2017 tres momentos que he soñado vivir en muchas ocasiones y cuya posibilidad de hacerlos realidad ha llegado sin que yo haya tenido nada que ver.
Ese es el secreto que hoy comparto con vosotros, el que espero, no os quedéis y compartáis con todos aquellos que esperan y desesperan a la busca de la sorpresa que la vida les tiene preparada…
David Gámiz

El trofeo

Seguramente te habrá pasado que en ocasiones, llegas a casa tras tu rutina diaria y por cualquier causa, sientes que todo te viene grande: el trabajo, el cuidado de los hijos, tus relaciones con los demás, las facturas que se acumulan…, cualquier cosa que en situaciones normales gestionas dedicándole el mínimo tiempo posible y volcándote en quienes de verdad se lo merecen, hace que en días como los que describo, hagan de un grano de arena un océano completo.
Tuve un profesor en la facultad que nos hablaba mucho de esos días, días en los que no nos recomendaba ni tomar decisiones, ni dar respuestas, ni hacer promesas, ni entrar en polémicas ni discusiones con nadie ni aceptar negocios. Por contra, nos solía decir que la acumulación progresiva en nuestras vidas de días como esos, generaba inseguridad, ansiedad, malestar, irritabilidad y tensiones innecesarias con nuestros seres queridos que podían acabar en una bronca sin importancia o si la cosa se agravaba, en otras cuestiones de carácter irreversible y de más difícil solución.
Para no llegar a estos extremos, nos hacía una recomendación:
“Cada día que te encuentres así, me decía, coge una copa, la más bella que tengas en tu casa, ponla ante ti y álzala diciendo: hoy me merezco un trofeo. Date una explicación de porqué te entregas el premio en este día, busca en tu interior algo positivo que hayas hecho a lo largo de la jornada, que seguro que lo hay, a lo mejor has tenido un día duro en el trabajo, pero en el intervalo que va entre que te levantaste y volviste a casa, has ayudado a un compañero a que su día sea más llevadero, quizás has visto a alguien necesitado en la calle y le has dado un poco de comida, tal vez un amigo te haya pedido un consejo y le has regalado unas palabras de aliento o simplemente le has prestado tu hombro para que de forma sincera derrame en él esas lágrimas que le corroían el alma, quizás hoy le hayas dedicado a tu hijo esa sonrisa que le debías, tal vez hoy hayas pedido ese perdón que sabes que tenías pendiente…
Busca lo bueno que has hecho, y date el trofeo por eso. A continuación, apunta en un papel el día, y el motivo por el que te has hecho acreedor del trofeo. Así todos los días, y cuando te encuentres mal, repasa la lista de los trofeos que atesoras, verás que no hay motivo para que ese océano que has hecho de un grano de arena sea tan grande y entenderás así que tienes que volver a dedicar tu tiempo a las cosas y a las personas que se lo merecen, no a las preocupaciones que con cada segundo que te están robando, hacen de ti una persona más infeliz”.
Mira en tu interior y piensa porqué te has ganado hoy tu trofeo. Yo ya he anotado porqué he logrado el mío. Espero que tú lo hagas también.
David Gámiz

La rosa

Hoy se celebra el día Internacional del Libro. En algunos lugares, también es costumbre obsequiar a las mujeres con una rosa, la que simboliza el cariño, respeto y gratitud de quien la regala para quien la recibe.
Ya sea la receptora del regalo una madre, a la que sus hijos adoran, una esposa o pareja, a la que su compañero de vida quiere y cuida como el tesoro más preciado, o esa amiga incondicional que siempre está ahí cuando más se la necesita, una hija por la que su padre suspira, una abuela amada por sus nietos…, las rosas van y vienen este día cargadas de amor por todas las partes del mundo.
Yo quería hacerte llegar esta rosa a ti, aunque sea virtual, porque durante todos estos años, me has regalado un tesoro muy preciado, lo único que jamás vas a recuperar, tu tiempo, convertido en amistad, en consejos, en sonrisas, en buenos momentos, en abrazos, en paseos, en tardes de sol, en tormentas que pasaron y volvieron a ser calma, en nostalgias compartidas, en copas brindando por lo bueno que nos dejó el pasado y lo esperanzador que nos ofrece el futuro, en definitiva, tú con tu dulzura, con tu optimismo, con tu serenidad, con tu templanza, con tu afecto y con la magia que derramaste en cada momento, has sido esa rosa que perfumó mi vida….
Gracias.
David Gámiz